Hacer teología con nada a mano

La teología moderna se ha acostumbrado a pensarse a sí misma rodeada de recursos. Bibliotecas, bases de datos, ediciones críticas, comentarios especializados, herramientas digitales, lenguas originales, tradiciones sistematizadas. Todo eso es valioso y, bien usado, legítimo. Sin embargo, esta abundancia ha generado una ilusión silenciosa: que la teología depende esencialmente de aquello que la rodea. Que sin libros no hay pensamiento. Que sin acceso académico no hay teología responsable. Que sin respaldo bibliográfico no hay verdad confesable.

La pregunta que aquí se plantea es deliberadamente incómoda: ¿es posible hacer teología cuando no se tiene nada a mano? No libros, no artículos, no biblioteca, no notas, no autoridades citables. Solo el creyente, su fe, su memoria, su razón y su Dios.

Lejos de ser un ejercicio romántico o antiintelectual, esta pregunta toca el nervio mismo de lo que la teología cristiana es y siempre ha sido.

La teología no nace en la biblioteca

Históricamente, la teología precede a los libros. El cristianismo no comenzó como un proyecto literario ni académico, sino como un acontecimiento recibido, interpretado y confesado. Jesús no escribió. Los apóstoles predicaron antes de escribir. La Iglesia creyó antes de sistematizar. La teología surgió como respuesta reflexiva a la acción de Dios en la historia, no como el resultado de un acceso privilegiado a recursos intelectuales.

Durante largos períodos de la historia cristiana, la mayoría de los creyentes no tuvo acceso directo a textos escritos. Sin embargo, la fe fue transmitida, defendida, profundizada y vivida con notable claridad doctrinal. Esto no fue una deficiencia histórica, sino una confirmación de que la teología no depende esencialmente del soporte material, sino de la fidelidad al contenido recibido.

Hacer teología con nada a mano es, en este sentido, recuperar una condición originaria. No como nostalgia, sino como purificación.

La Escritura como Palabra habitada

Decir que se hace teología “sin libros” no significa hacer teología sin Escritura. Significa algo más exigente: hacer teología cuando la Escritura ya no puede ser consultada, sino solo recordada, interiorizada, obedecida.

Esto presupone una forma de relación con la Biblia muy distinta de la puramente instrumental. La Escritura no es solo un texto que se consulta para confirmar argumentos, sino una Palabra que ha formado la mente, el lenguaje y el juicio del creyente. Cuando la Biblia ha sido leída, escuchada, memorizada y orada durante años, deja de ser un objeto externo y pasa a convertirse en una presencia interior.

En este contexto, la teología no surge de la búsqueda de versículos, sino del discernimiento fiel de aquello que ya se ha recibido. No se trata de improvisación, sino de responsabilidad espiritual. La pregunta no es “¿dónde dice esto?”, sino “¿esto es coherente con el Dios que la Escritura me ha dado a conocer?”.

La regla de la fe como gramática interior

Cuando no hay libros, la teología se sostiene en una gramática doctrinal básica, aprendida antes de cualquier especialización. Dios es uno y trino. Jesucristo es Señor. La salvación es gracia. La Escritura es norma. La gloria pertenece a Dios. Estas afirmaciones no necesitan aparato crítico para operar como criterios de discernimiento.

La tradición cristiana llamó a esto la “regla de la fe”. No como un resumen exhaustivo, sino como una estructura interior que orienta el pensamiento. Funciona de manera similar a la gramática de una lengua: rara vez se piensa explícitamente en ella, pero sin ella no es posible hablar con coherencia.

Hacer teología con nada a mano obliga a confiar en esta gramática interior. Obliga a reconocer que la ortodoxia no es solo algo que se cita, sino algo que se habita.

La experiencia cristiana como lugar de prueba

Privado de libros, el teólogo ya no puede esconderse detrás de formulaciones heredadas. La teología se ve forzada a confrontarse con la vida real: el sufrimiento, la duda, la culpa, la esperanza, la perseverancia, la muerte. Esto no convierte la experiencia en norma doctrinal, pero sí en un lugar de prueba.

Una teología que no puede ser pensada en la cárcel, en la enfermedad, en el exilio, en la pobreza o en la persecución es una teología frágil. La teología hecha “con nada a mano” no es más subjetiva, sino más honesta. Se pregunta si lo que confiesa puede sostener la fe cuando los apoyos externos desaparecen.

Aquí se revela con claridad si la teología es confesión o solo discurso.

La razón como don que permanece

Incluso cuando todo lo demás falta, la razón permanece. El ser humano sigue siendo capaz de pensar, distinguir, evaluar, argumentar y reconocer incoherencias. Hacer teología sin libros no es renunciar a la razón, sino ejercerla sin prótesis.

Esto tiene un efecto disciplinante. Obliga a pensar con mayor claridad, a formular con mayor precisión, a evitar la dependencia excesiva de autoridades externas. No se puede citar, pero sí se puede razonar. No se puede apelar a bibliografía, pero sí a la coherencia interna del Evangelio.

La razón, así entendida, no compite con la fe. La sirve.

La Iglesia como memoria viva

Nadie hace teología desde cero. Incluso sin libros, el creyente piensa dentro de una comunidad que lo ha formado. La liturgia recordada, los credos aprendidos, los himnos cantados, las oraciones repetidas, los sermones escuchados, todo eso constituye una memoria eclesial que sigue operando aun cuando no hay acceso material a ella.

La teología “con nada a mano” pone en evidencia una verdad olvidada: la Iglesia no es solo una institución que produce textos, sino una comunidad que transmite una forma de fe. La tradición no vive solo en documentos, sino en personas.

El propósito desnudo de la teología

Cuando se quitan los recursos, la teología queda expuesta a su pregunta final: ¿para qué? Ya no para publicar, ni para debatir, ni para construir prestigio. La teología vuelve a su función primaria: confesar a Dios fielmente, sostener la fe en medio de la prueba, discernir la verdad en la oscuridad, permanecer en Cristo cuando no hay garantías visibles.

Hacer teología con nada a mano es, en última instancia, un acto de fe. Es afirmar que Dios no depende de nuestras bibliotecas para revelarse, ni la verdad del Evangelio de nuestras herramientas para sostenerse.

Conclusión

Este ejercicio no desprecia el estudio, ni la tradición escrita, ni la formación académica. Al contrario, las honra al recordar que su propósito no es sustituir la fe viva, sino servirla. Una teología que no puede sobrevivir sin libros es una teología que ha olvidado su fundamento.

Hacer teología con nada a mano no es el ideal permanente, pero sí una prueba necesaria. Una prueba que revela qué hemos interiorizado realmente y qué solo hemos aprendido a citar.

«Porque nada podemos hacer contra la verdad, sino solo a favor de la verdad.»
2 Corintios 13:8

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

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