¿Por qué un leccionario? ¿Y por qué, además, situado en una posición tan preeminente, prácticamente al comienzo del Libro de Oración Común, antes de los servicios litúrgicos? ¿Qué sentido tiene que un libro destinado a ordenar la oración pública de la Iglesia comience estableciendo qué porciones de la Escritura deben leerse cada día?
La respuesta no es accidental ni meramente práctica. La ubicación del leccionario en el Libro de Oración Común revela una convicción teológica fundamental: la oración de la Iglesia nace de la Palabra de Dios y está ordenada por ella. Antes de hablar a Dios, la Iglesia debe escuchar a Dios. El leccionario, colocado al inicio del libro, funciona así como una declaración silenciosa pero decisiva de prioridades. La Escritura no acompaña al culto; lo gobierna.
En un libro de servicios litúrgicos, esta decisión resulta profundamente reformada. El Libro de Oración Común no comienza con instrucciones rituales, ni con formularios sacramentales, ni con el calendario de fiestas, sino con la lectura ordenada de la Palabra. El mensaje es claro: la vida espiritual de la Iglesia no se sostiene en la creatividad del ministro ni en la espontaneidad de la congregación, sino en la exposición perseverante a la Escritura.
Desde esta convicción surge el leccionario del Libro de Oración Común de 1662, no como un añadido funcional, sino como una pieza central del proyecto reformador anglicano.
¿Qué es el leccionario del Libro de Oración Común?
El leccionario del Libro de Oración Común establece un sistema ordenado de lecturas bíblicas para la Oración Matutina y la Oración Vespertina, distribuidas a lo largo del año litúrgico y del calendario civil. A diferencia de leccionarios posteriores, centrados casi exclusivamente en el culto dominical, el leccionario de 1662 está concebido para la oración diaria de la Iglesia.
Su rasgo más distintivo es su carácter secuencial y continuo. Los libros de la Escritura se leen capítulo tras capítulo, con mínimas interrupciones, de modo que el pueblo de Dios es expuesto de manera sostenida a la historia bíblica, a su diversidad literaria y a su desarrollo teológico. No se trata de una selección temática de textos, sino de una inmersión progresiva en el testimonio bíblico.
¿Por qué incluir un leccionario en un libro de oración?
La inclusión del leccionario responde a una convicción reformada fundamental: la Iglesia es formada por la Palabra de Dios, no solo instruida ocasionalmente por ella. Para Thomas Cranmer y los reformadores ingleses, la Escritura no podía quedar confinada al púlpito dominical ni al estudio privado del clero. Debía ser escuchada regularmente, en comunidad, en el contexto de la oración.
Antes de la Reforma, la lectura bíblica pública estaba fragmentada, mediada por ciclos complejos, por selecciones limitadas y, normalmente, por un idioma inaccesible para el pueblo. El leccionario del Libro de Oración Común buscó corregir esta situación, estableciendo una lectura clara, amplia y comprensible de la Escritura en lengua vernácula. De este modo, la Biblia dejó de ser patrimonio exclusivo del clero y pasó a estructurar la vida devocional cotidiana de la Iglesia.
¿Qué buscaba Cranmer al establecerlo?
El propósito de Cranmer fue eminentemente formativo y pastoral. Su intención no era simplemente ordenar lecturas, sino reconfigurar el imaginario espiritual del pueblo cristiano. Al escuchar diariamente la Escritura, el creyente es introducido en el lenguaje, el ritmo y las prioridades de la revelación bíblica. Al escuchar diariamente la palabra de Dios, la nación entera se evangeliza.
Cranmer buscaba que el pueblo conociera la Escritura de manera amplia y no fragmentaria, que la Biblia interpretara a la Biblia mediante su lectura continua, y que la oración de la Iglesia surgiera como respuesta a la Palabra escuchada. En este sentido, el leccionario y las oraciones del Libro de Oración Común forman una unidad teológica coherente: Dios habla primero; la Iglesia responde después.
Consideraciones históricas y políticas en el diseño del leccionario
Es necesario reconocer que el leccionario reflejado en el Libro de Oración Común de 1662 no conduce a la lectura de la totalidad de la Escritura. Esta limitación no responde a una decisión teológica restrictiva ni a una desconfianza hacia ciertos libros bíblicos, sino a contingencias pastorales, sociales y políticas muy concretas.
La Inglaterra de los siglos XVI y XVII vivía un período de profunda inestabilidad. Conflictos civiles, disputas sobre la autoridad legítima y movimientos radicales marcaron el clima cultural y eclesial. En ese contexto, ciertos grupos apelaron a lecturas altamente selectivas de la Escritura, especialmente de textos apocalípticos, para fomentar expectativas milenaristas, desacreditar toda forma de autoridad establecida y legitimar acciones que socavaban el orden social y eclesial.
Frente a este escenario, el leccionario del Libro de Oración Común refleja una decisión pastoral deliberada: proteger la lectura pública de la Escritura de su instrumentalización ideológica. La cautela en la distribución de ciertos textos no implicó un juicio negativo sobre ellos, sino el reconocimiento de que la Palabra de Dios debe ser leída en el marco de la Iglesia, de manera ordenada, canónica y responsable. El leccionario buscó así preservar la función formativa de la Escritura, evitando que pasajes complejos y simbólicos fueran aislados de su contexto y utilizados para promover confusión, temor o violencia.
Esta dimensión política, entendida no como propaganda sino como cuidado del bien común, forma parte integral del proyecto reformador anglicano. La Iglesia asumió la responsabilidad pastoral de ordenar la audición pública de la Palabra de modo que edificara, instruyera y condujera a la paz.
Límites históricos y posibilidad de un refresco responsable
Las limitaciones del leccionario de 1662 deben ser entendidas a la luz de su tiempo. Cranmer y los reformadores trabajaron dentro de condiciones muy específicas: niveles limitados de alfabetización, acceso restringido a los textos bíblicos y una dependencia casi total del culto público para la exposición bíblica.
Hoy, muchas de esas dificultades ya no existen. Reconocer este hecho no implica relativizar el leccionario histórico, sino recibir fielmente su espíritu reformado. La misma lógica que impulsó su creación invita a considerar si la Iglesia contemporánea está escuchando suficientemente toda la Palabra de Dios y si el orden de sus lecturas sirve plenamente a la formación bíblica del pueblo cristiano.
Hablar de un refresco responsable del leccionario no es hablar de ruptura, sino de continuidad viva. Se trata de permitir que el principio reformado que dio origen al leccionario siga cumpliendo su propósito en nuevas circunstancias.
Unidad, identidad y oración común
El leccionario está íntimamente ligado al propósito del Libro de Oración Común de establecer una oración verdaderamente común. Antes de su adopción, coexistían múltiples libros y usos locales, lo que producía confusión y fragmentación. La decisión de establecer un solo leccionario para todo el reino contribuyó decisivamente a la formación de una identidad cristiana compartida.
Al escuchar las mismas lecturas, en el mismo orden y bajo una misma regla común, la Iglesia afirmaba que la fe cristiana no era un asunto privado o meramente local, sino una realidad pública que daba forma a la conciencia espiritual del pueblo.
¿Qué podemos aprender hoy, especialmente en América Latina?
En el contexto latinoamericano, el leccionario del Libro de Oración Común ofrece lecciones particularmente urgentes. Vivimos en un entorno marcado por la fragmentación bíblica, la selección arbitraria de textos y una fuerte dependencia del carisma individual del liderazgo. El leccionario propone un camino distinto: dejar que la Escritura marque el ritmo, el contenido y el horizonte de la vida espiritual de la Iglesia.
También ofrece una corrección al activismo eclesial. La Iglesia no se define primero por lo que hace, sino por lo que escucha. Recuperar la lectura diaria y comunitaria de la Escritura es recuperar una forma de humildad espiritual y de paciencia formativa.
Conclusión
La inclusión del leccionario en el Libro de Oración Común de 1662 no fue un detalle técnico, sino una decisión teológica de largo alcance. Expresa una visión de la Iglesia como comunidad que escucha antes de hablar, que es formada antes de actuar y que vive bajo la autoridad viva de la Palabra de Dios.
Recibir hoy ese leccionario con fidelidad no significa congelarlo, sino comprender su intención profunda y permitir que siga cumpliendo su propósito en nuevas circunstancias. Para el anglicanismo reformado, y especialmente para su expresión en el mundo latinoamericano, el leccionario sigue siendo una invitación vigente a una espiritualidad bíblica, eclesial y perseverante, arraigada en la Palabra y orientada a la gloria de Dios.