De la religión cívica cristiana a la religión cívica poscristiana

Lecciones desde el mundo romano para el discernimiento cristiano actual

La noción de religión cívica, tal como la observamos en el mundo romano que vio surgir al cristianismo, ofrece una clave inesperadamente fértil para comprender el momento cultural que atraviesan hoy muchas sociedades occidentales. Sin embargo, la analogía solo resulta iluminadora si se invierte cuidadosamente. En el mundo antiguo, el cristianismo se enfrentó a una religión cívica pagana que exigía gestos públicos de lealtad sin requerir convicción interior. En el mundo contemporáneo, el cristianismo se encuentra cada vez menos ante una religión cívica cristiana debilitada y cada vez más frente a una religión cívica que ha dejado atrás al cristianismo, aunque continúe utilizando parte de su herencia simbólica.

Durante siglos, especialmente en Europa y en sociedades marcadas por su influencia cultural, el cristianismo funcionó como religión cívica. No en el sentido pleno de la fe viva, sino como marco simbólico compartido. Se podía no creer profundamente en Dios, pero se asumían categorías cristianas para hablar del bien, de la dignidad humana, del deber moral, de la compasión, de la culpa y del perdón. El cristianismo operaba como un trasfondo moral tácito, incluso cuando la fe personal se debilitaba y la práctica religiosa se volvía irregular.

Esa etapa, sin embargo, está llegando claramente a su fin. Lo que emerge no es simplemente una sociedad «menos cristiana», sino un nuevo régimen de sacralidad pública, una religión cívica poscristiana. Esta nueva forma no se presenta como religión, pero cumple funciones análogas: define lo que es incuestionable, establece rituales de pertenencia, determina qué discursos son legítimos y cuáles merecen sanción social, y produce sus propias formas de ortodoxia y exclusión. La diferencia decisiva es que ya no necesita apoyarse explícitamente en categorías cristianas para ejercer su autoridad simbólica.

A diferencia de la religión cívica romana, que era abiertamente ritual y politeísta, la religión cívica poscristiana suele presentarse como ética, humanitaria o incluso científica. No exige adoración explícita, pero sí adhesión pública; no demanda sacrificios cultuales, pero sí gestos visibles de alineamiento discursivo y moral. Lo decisivo no es lo que uno cree en privado, sino la disposición a afirmar públicamente aquello que la comunidad considera moralmente incuestionable.

Aquí aparece una inversión significativa respecto del mundo antiguo. En Roma, los cristianos fueron acusados de impiedad por no participar en los ritos comunes. Hoy, en muchos contextos, los cristianos son acusados de inmoralidad o de peligro social no por negar a Dios, sino por no relativizar suficientemente su fe, es decir, por no aceptar sin reservas los dogmas implícitos de la nueva religión cívica que no acepta a Dios. El conflicto ya no gira en torno a los dioses del panteón, sino en torno a definiciones últimas sobre la identidad humana, el bien, la libertad y el sentido de la vida, que funcionan como verdaderos absolutos culturales.

Lo que podemos aprender del cristianismo primitivo no es una estrategia de confrontación cultural, sino un patrón de discernimiento. Los cristianos de los siglos I y II no rechazaron toda autoridad civil ni se retiraron de la vida social. Tampoco intentaron reformar desde dentro la religión cívica romana ni «bautizarla» simbólicamente. Reconocieron lo que pertenecía legítimamente al orden civil y, al mismo tiempo, identificaron con claridad el punto en que se les exigía una lealtad incompatible con la confesión de Jesucristo como Señor.

Este discernimiento los condujo a una posición incómoda pero fecunda: obediencia sin idolatría, participación sin adoración, respeto sin absolutización. No fue una postura elegida por conveniencia ni diseñada como programa político, sino el resultado inevitable de una fidelidad cotidiana vivida bajo presión. No buscaron el martirio, pero tampoco lo evitaron al precio de la negación de la fe.

Aplicado al presente, esto implica reconocer que la religión cívica poscristiana no se enfrenta eficazmente reclamando un retorno a una cristiandad cultural que ya no existe, ni refugiándose en una retirada sectaria que abandone el espacio público. Ambas respuestas confunden nostalgia o miedo con discernimiento teológico. La tarea cristiana consiste, más bien, en aprender a distinguir dónde termina la legítima convivencia social y dónde comienza una exigencia de adhesión última que adopta la forma de una adoración encubierta.

En este sentido, el mayor peligro no es la hostilidad abierta, sino la confusión. Cuando el cristianismo fue religión cívica, muchos confundieron pertenencia cultural con fe viva. Hoy, el riesgo inverso es confundir resistencia cultural con fidelidad cristiana, o identificar la mera oposición a la religión cívica dominante con obediencia al Evangelio. La lección del mundo romano es más exigente: la Iglesia no florece cuando domina simbólicamente el orden público, sino cuando, aun careciendo de ese dominio, mantiene una confesión clara, sobria y no negociable de su Señor.

La religión cívica está mutando, pero la pregunta de fondo permanece. ¿Dónde está puesta la lealtad última? ¿Qué se nos pide afirmar como incuestionable? ¿Qué gestos se nos exigen como condición de pertenencia? Responder a estas preguntas no es un ejercicio de análisis cultural neutro, sino un acto profundamente teológico. En la medida en que sean abordadas con sobriedad, memoria histórica y fidelidad confesional, la Iglesia contemporánea podrá aprender, una vez más, de aquella comunidad pequeña y vulnerable que, en un mundo saturado de dioses, se atrevió a confesar que solo hay un Señor.

Soli Deo gloria

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

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