Fantasía, lenguaje y poder en Lewis Carroll
Introducción
Hablar de «Alicia en el país de las maravillas» suele provocar una reacción ambigua. Para muchos, se trata de un libro infantil, poblado de escenas extravagantes, criaturas imposibles y situaciones carentes de toda lógica. Para otros, en cambio, existe la intuición persistente de que bajo esa superficie lúdica se oculta algo más serio, incluso inquietante. Esa intuición no es casual ni exagerada.
Aquí nos proponemos resumir Alicia en el país de las maravillas y su obra complementaria, A través del espejo, como un díptico literario coherente, cuya unidad no depende tanto de la continuidad narrativa sino de una preocupación intelectual compartida. Ambas obras funcionan simultáneamente como fantasía literaria, experimento lógico y crítica cultural. No se trata de alegorías políticas directas ni de sátiras coyunturales, pero sí de una interrogación profunda sobre el lenguaje, la autoridad, la racionalidad moderna y la fragilidad del sentido.
Leer a Alicia con atención es descubrir que el conflicto central del relato no es el peligro físico ni la amenaza moral, sino algo más radical: la experiencia de habitar un mundo donde las palabras ya no garantizan significado, las reglas ya no garantizan justicia y la autoridad ya no necesita justificarse.
El autor y la paradoja de su posición cultural
El autor de estas obras, Lewis Carroll, seudónimo de Charles Lutwidge Dodgson, vivió en el corazón del mundo victoriano que, paradójicamente, sus libros parecen desmantelar desde dentro. Matemático, lógico y clérigo anglicano, Dodgson no fue un marginal cultural ni un provocador externo, sino un representante altamente formado del orden intelectual de su tiempo.
Este dato es fundamental para una lectura adecuada. «Alicia» no es una crítica escrita desde la periferia, sino desde el centro mismo de una cultura que confiaba profundamente en la razón, el orden, la educación y el progreso. El absurdo que Carroll describe no es el caos primitivo, sino la caricatura de un orden que, llevado a sus últimas consecuencias, se vuelve inhumano. El nonsense carrolliano no niega la razón; la expone cuando se ha desconectado del sentido común y de la experiencia humana concreta.
El país de las maravillas y la disolución de la lógica cotidiana
En «Alicia en el país de las maravillas», el lector acompaña a la protagonista en una caída que es tanto literal como simbólica. Al atravesar la madriguera del conejo, Alicia entra en un mundo donde las proporciones físicas cambian sin previo aviso, el tiempo se comporta de manera caprichosa y la causalidad deja de ser confiable.
Lo verdaderamente significativo es que Alicia no se adapta pasivamente a este entorno. Constantemente intenta razonar, recordar reglas, aplicar normas aprendidas. Pero cada intento se ve frustrado. Las normas existen, pero son incoherentes; las autoridades mandan, pero no explican; las sentencias se dictan antes del juicio. El problema no es la ausencia de reglas, sino su arbitrariedad.
Aquí emerge uno de los núcleos conceptuales del libro: la experiencia de una autoridad sin racionalidad. La Reina de Corazones no gobierna porque tenga razón, sino porque impone su voluntad sin mediación alguna. Sus condenas no buscan justicia, sino afirmación de poder. Carroll no necesita describir violencia explícita; le basta mostrar el sinsentido del ejercicio autoritario para dejarlo en evidencia.
El espejo y la tiranía del orden perfecto
«A través del espejo» no repite la estructura del primer libro, sino que la invierte. Si el país de las maravillas está dominado por la fluidez caótica, el mundo del espejo está regido por un orden excesivo. Todo funciona según reglas estrictas, como un tablero de ajedrez, pero ese orden no libera: asfixia.
La Reina Roja corre sin avanzar. Los personajes ocupan posiciones fijas. Alicia progresa de casilla en casilla, no porque comprenda plenamente el sistema, sino porque lo atraviesa. El mensaje es sutil pero contundente: un mundo perfectamente reglado puede ser tan absurdo y deshumanizante como uno completamente caótico.
En este contexto aparece Humpty Dumpty, quizá el personaje más filosóficamente perturbador de toda la obra. Su afirmación de que «las palabras significan lo que yo decido que signifiquen» no es un mero juego verbal. Es una advertencia. Cuando el significado deja de ser compartido y se convierte en propiedad del más fuerte, el lenguaje deja de servir a la verdad y pasa a servir al dominio.
Lenguaje, poder y modernidad
Uno de los mayores logros de Carroll es haber anticipado un problema que hoy reconocemos con claridad: la instrumentalización del lenguaje. En «Alicia», las palabras no fallan por falta de precisión, sino por exceso de arbitrariedad. Se utilizan para confundir, para imponer, para cerrar la conversación.
En este sentido, los libros no atacan la razón en sí misma, sino su deformación. El absurdo no es lo contrario del orden, sino su caricatura cuando se ha desconectado del sentido, de la realidad y de la responsabilidad moral. Carroll parece sugerir que el verdadero peligro no es el caos, sino un orden que ha olvidado por qué existe.
¿Crítica política?
Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿son los libros de Alicia una crítica política? La respuesta exige precisión.
No se trata de sátiras políticas directas. Carroll no apunta a partidos, leyes ni gobernantes concretos. Sin embargo, sí puede leerse como una crítica cultural profunda al modo en que el poder se ejerce cuando se disfraza de racionalidad, cuando se apoya en fórmulas vacías o cuando utiliza el lenguaje como instrumento de dominación.
Más que política en sentido estricto, «Alicia» es una crítica de la mentalidad autoritaria, esa que no necesita ser brutal para ser opresiva, porque ya ha colonizado el significado y ha desactivado la posibilidad del diálogo.
Alicia como figura de resistencia
Alicia no es una heroína revolucionaria. Tampoco es ingenua. Su forma de resistencia es más elemental y, por ello mismo, más profunda: insiste en preguntar, en comparar, en recordar que el mundo debería tener sentido.
Su negativa a aceptar el sinsentido como norma es su acto más subversivo. Al final de ambos libros, el mundo absurdo se disuelve no por una derrota externa, sino porque pierde su pretensión de realidad. Cuando Alicia deja de concederle autoridad, el sistema colapsa.
Conclusión
Leídos con atención, los libros de Alicia no son evasión, sino confrontación. No invitan a huir del mundo, sino a mirarlo con mayor lucidez. Son una advertencia envuelta en juego, una crítica envuelta en fantasía y una defensa implícita de algo profundamente humano: la necesidad de que el mundo tenga sentido y de que el lenguaje sirva a la verdad, y no al revés.