En los últimos días, hemos visto escenas que, aunque distintas en forma y contexto, revelan una misma inquietud de fondo. Lo ocurrido con la ministra Ximena Lincolao en la Universidad Austral de Chile, donde fue objeto de presión y hostilidad, junto con los episodios recientes vinculados a Donald Trump, nos sitúa ante una pregunta que no podemos eludir.
No se trata simplemente de la violencia.
La violencia ha acompañado siempre la vida humana. Lo verdaderamente inquietante es otra cosa: la forma en que comenzamos a reaccionar frente a ella. Cada vez con mayor frecuencia aparece una expresión que, por su apariencia moderada, pasa casi inadvertida: «Está mal, pero…».
Ese «pero» es el verdadero problema.
No es una defensa abierta de la violencia. Tampoco es una condena clara. Es una forma de suspensión moral: un modo de decir que algo es incorrecto, pero no del todo condenable. Y es precisamente en ese espacio ambiguo donde la violencia comienza a encontrar legitimación cultural. Cuando ese lenguaje se instala, algo se desplaza. No en la superficie del debate público, sino en su fundamento. Porque el problema no es solo lo que ocurre, sino lo que comenzamos a tolerar.
El desacuerdo, en sí mismo, no es una amenaza. Es parte constitutiva de una sociedad libre. Allí donde no hay desacuerdo, probablemente tampoco hay pensamiento. Pero el desacuerdo puede tomar caminos distintos: puede orientarse hacia la búsqueda de la verdad o degradarse en una lucha por la imposición.
Cuando ocurre lo segundo, el otro deja de ser interlocutor y pasa a ser obstáculo. Ya no es alguien con quien se puede hablar, sino alguien que debe ser silenciado. Y cuando el lenguaje pierde su función, la violencia comienza a parecer no solo posible, sino comprensible.
Ese es el punto de inflexión.
No cuando alguien actúa violentamente, sino cuando otros, sin hacerlo, comienzan a explicarlo, a justificarlo o a relativizarlo. No con entusiasmo, sino con reservas. No con convicción, sino con ese «pero» que lo debilita todo.
«Está mal, pero…».
Pero el contexto lo explica. Pero la indignación es legítima. Pero el otro también ha hecho lo suyo. Así, poco a poco, lo que antes era una línea clara se vuelve difuso.
Una sociedad no se deteriora únicamente por quienes cruzan ciertos límites, sino también por quienes dejan de nombrarlos con claridad. La ambigüedad moral no contiene la violencia; la normaliza.
Lo que está en juego no es solo una cuestión de orden público ni de convivencia política. Es algo más profundo. Tiene que ver con la manera en que comprendemos al otro y con la convicción de que incluso en el desacuerdo más fuerte sigue siendo alguien con quien es posible hablar. Cuando esa convicción se pierde, el conflicto deja de ser una tensión que puede ser habitada y se transforma en una ruptura que parece resolverse por la fuerza.
La violencia, en ese sentido, no irrumpe de manera repentina. Es el resultado de un proceso previo, muchas veces silencioso, en el que el lenguaje se ha debilitado, la verdad se ha relativizado y la responsabilidad se ha diluido. Por eso, el problema no comienza cuando alguien empuja, grita o impide que otro hable. Comienza antes: cuando ya no somos capaces de decir con claridad que eso está mal, sin añadir nada más.
Sin matices evasivos. Sin explicaciones que terminan siendo excusas. Sin ese «pero» que, en el fondo, lo concede todo.
El cristianismo no se limita a denunciar este proceso. Tampoco propone una armonía superficial que ignore el conflicto real. Ofrece algo más exigente y concreto: una forma distinta de responder cuando el desacuerdo escala hacia la agresión.
Jesucristo no habló de esto en abstracto. Lo vivió. Cuando fue insultado, no respondió con insulto. Cuando fue acusado falsamente, no recurrió a la manipulación ni a la fuerza para defenderse. Cuando fue golpeado y llevado a la cruz, no legitimó la violencia de sus agresores, pero tampoco la devolvió. Su respuesta no fue pasividad, sino una forma distinta de firmeza: sostuvo la verdad hasta el final, sin destruir a quienes lo atacaban. No se trata de un gesto aislado, sino de un camino enseñado. «Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los aborrecen» (Mt 5:44). No es una recomendación prudencial; es un mandato. No elimina el conflicto: lo redefine.
El apóstol Pablo recoge esta misma línea con una claridad que no admite ambigüedad: «Nunca paguen a nadie mal por mal» (Ro 12:17). «Nunca tomen venganza ustedes mismos» (Ro 12:19). «Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer» (Ro 12:20). Y culmina con una afirmación que desafía toda lógica de confrontación: «No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien» (Ro 12:21).
Esto no es debilidad. En el marco cristiano, vencer no significa imponer la propia voluntad, sino no dejarse arrastrar por la lógica del mal. La violencia no se derrota reproduciéndola, sino interrumpiendo su ciclo. Esto, sin embargo, tiene un costo real. Significa renunciar a la satisfacción inmediata de la represalia. Significa sostener la verdad sin recurrir a los mismos medios que se critican. Significa, muchas veces, quedar expuesto, incomprendido o incluso derrotado en términos visibles.
Pero es precisamente ahí donde el cristianismo marca una diferencia decisiva. La dignidad del otro no depende de su conducta. No se pierde cuando yerra ni cuando agrede. Y por eso, el cristiano no puede justificar su destrucción, ni siquiera cuando tiene razones para condenar sus actos. Esto no implica relativizar la verdad ni tolerar la injusticia. Implica enfrentar ambas cosas sin abandonar el marco moral que impide que el conflicto se transforme en deshumanización.
Una sociedad sana no es aquella en la que no hay conflicto, sino aquella en la que el conflicto no destruye la posibilidad de reconocerse mutuamente como personas. El cristianismo va aún más lejos: afirma que ese reconocimiento no es opcional, sino obligatorio, incluso frente al enemigo.
Cuando la violencia deja de escandalizar, no solo hemos perdido la paz. Hemos comenzado a perder algo más profundo: la capacidad de distinguir con claridad entre lo que debe ser rechazado y lo que puede ser combatido sin dejar de ser humano.
Y en ese punto, la alternativa cristiana no es un ideal distante, sino un camino concreto, ya recorrido: decir la verdad sin violencia, resistir el mal sin reproducirlo y negarse, incluso en el conflicto más duro, a convertir al otro en algo menos que un prójimo, aunque el mundo entero haya decidido tratarlo como enemigo.