«Teniendo, pues, un gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe»
Epístola a los Hebreos 4:14 (NBLA)
Entre los grandes acontecimientos de la fe cristiana, la Ascensión suele ser uno de los más olvidados. Los cristianos hablan naturalmente del nacimiento de Cristo en Navidad, de su muerte en Viernes Santo y de su resurrección en Pascua. Sin embargo, la Ascensión es igualmente esencial para el Evangelio. Sin ella, la historia de la obra de Cristo quedaría incompleta.
La Ascensión se refiere al momento en que Jesucristo resucitado fue llevado al cielo cuarenta días después de su resurrección. El acontecimiento se describe con mayor claridad en Hechos de los Apóstoles 1:1–11 y Evangelio según San Lucas 24:44–53. Pero el significado de la Ascensión va mucho más allá del acontecimiento mismo. No se trata simplemente de la partida de Jesús de la tierra. Es su exaltación, su entronización y el comienzo de una nueva etapa en la vida de la Iglesia.
La Ascensión declara, en primer lugar, que el ministerio terrenal de Cristo ha llegado a su cumplimiento. Aquel que descendió en humildad ahora regresa en gloria. El Evangelio sigue un gran movimiento: encarnación, sufrimiento, crucifixión, resurrección, ascensión y reinado celestial. Jesús no simplemente desaparece después de la Pascua. Él asciende como el Hijo victorioso que ha cumplido la obra que el Padre le encomendó.
Por eso el Nuevo Testamento presenta consistentemente la Ascensión en términos reales. Cristo asciende no solamente para abandonar el mundo, sino para reinar sobre él. La imagen recuerda la visión del Hijo del Hombre en el libro de Daniel, recibiendo dominio, autoridad y un reino eterno. La Iglesia, por tanto, confiesa que Jesucristo reina ahora a la diestra del Padre.
Esa verdad tiene enormes implicancias para la vida cristiana. El cristianismo no es simplemente el recuerdo de un maestro religioso muerto. Los cristianos adoran a un Señor vivo que reina incluso ahora. La Ascensión proclama que Cristo gobierna sobre su Iglesia, dirige la historia y permanece soberano aun cuando el mundo parece inestable o caótico. Los reinos terrenales se levantan y caen, pero el reino de Cristo permanece para siempre.
La Ascensión también recuerda a los creyentes que Cristo continúa actuando en favor de su pueblo. En el Nuevo Testamento, Cristo ascendido es descrito como aquel que intercede por la Iglesia. No está ausente ni distante. Sigue siendo el gran Sumo Sacerdote que ruega por su pueblo y lo sostiene en medio de su debilidad. Esto siempre ha sido una profunda fuente de consuelo para los cristianos. La Iglesia no ha sido abandonada. El Señor ascendido continúa pastoreando, defendiendo y preservando a su pueblo.
Estrechamente relacionado con esto está el vínculo entre la Ascensión y Pentecostés. En el Nuevo Testamento, Cristo asciende y luego envía al Espíritu Santo sobre la Iglesia. La Ascensión, por tanto, prepara el camino para Pentecostés. Por medio del don del Espíritu, la presencia y el poder de Cristo continúan entre su pueblo. La Iglesia se convierte en una comunidad testigo, enviada al mundo para proclamar el Evangelio.
De hecho, la Ascensión da forma a la misión de la Iglesia. En el primer capítulo de Hechos, los discípulos reciben la instrucción de no quedarse simplemente mirando al cielo, sino de salir al mundo como testigos de Cristo. La Iglesia vive entre la Ascensión y el Retorno. Está llamada a predicar el Evangelio, servir fielmente y dar testimonio en cada generación hasta que el Señor vuelva.
Y esto nos conduce a otro tema central de la Ascensión: la esperanza. Los ángeles declaran que el mismo Jesús que ascendió al cielo volverá un día en gloria. La Ascensión, por tanto, no solo apunta hacia arriba, sino también hacia adelante. La historia avanza hacia el regreso de Cristo y el establecimiento final de su reino.
Por esta razón, la Ascensión siempre ha animado a los cristianos a levantar el corazón más allá de las incertidumbres del mundo presente. Recuerda a los creyentes que su esperanza definitiva no se encuentra en la seguridad terrenal, en los sistemas políticos ni en el progreso humano, sino en el reinado de Cristo mismo. La Iglesia vive con los ojos puestos en el cielo, donde Cristo está sentado en gloria.
Dentro de la tradición anglicana, el significado espiritual de la Ascensión ha sido expresado hermosamente en la clásica colecta para el Día de la Ascensión, que pide que los creyentes puedan «ascender también en corazón y mente, y habitar continuamente con él». Esa oración resume la esencia de esta festividad. La Ascensión no es solamente una doctrina que debe afirmarse, sino una realidad que moldea la vida de la Iglesia. Cristo ha ido delante de su pueblo. Reina por ellos, intercede por ellos, envía su Espíritu para fortalecerlos y un día volverá por ellos.
La Ascensión, por tanto, se encuentra en el centro de la esperanza cristiana. Proclama que Jesucristo es Señor, que su reino es eterno y que su Iglesia vive bajo el reinado de un Rey resucitado y exaltado.