Cuando la identidad se vuelve incierta

Adolescencia, cultura y el desafío cristiano ante el fenómeno «therian»

«No es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18).

La adolescencia es uno de los momentos más frágiles y decisivos del desarrollo humano. No es simplemente una transición biológica, sino una reconfiguración profunda del yo. El adolescente no solo cambia de cuerpo; cambia de horizonte. Se distancia de la infancia, cuestiona las certezas heredadas, busca pertenencia, experimenta intensidad emocional y ensaya versiones de sí mismo. Es una etapa estructuralmente abierta, vulnerable a influencias externas y particularmente sensible a los discursos culturales dominantes.

En ese escenario emerge con mayor visibilidad el fenómeno denominado «therian»: jóvenes que afirman identificarse, parcial o profundamente, con animales, no en un sentido lúdico o metafórico, sino como parte constitutiva de su identidad. Algunos describen esta identificación como psicológica, otros como espiritual, otros como una experiencia íntima difícil de encajar en categorías tradicionales. Para unos es una afinidad intensa; para otros, una autodefinición estructural.

El fenómeno no puede abordarse ni con burla ni con alarmismo simplista. Tampoco puede trivializarse. Cuando especialistas hablan de una «autopercepción desalineada del contexto social» y advierten que puede generar «dificultades importantes en el funcionamiento cotidiano», están señalando algo que merece reflexión seria: la identidad, cuando se desconecta radicalmente de los marcos compartidos de realidad, puede afectar la integración personal.

La pregunta, entonces, no es solo qué es un therian, sino qué condiciones culturales hacen posible que este tipo de autodefiniciones florezcan con rapidez en el entorno adolescente contemporáneo.

Vivimos en una cultura que ha desplazado el centro de la identidad desde la realidad recibida hacia la experiencia sentida. Durante siglos, la identidad humana se entendía como algo que se descubría en diálogo con la naturaleza, la familia, la tradición y la comunidad. Hoy, en amplios sectores culturales, se asume que la identidad se construye primordialmente desde la interioridad subjetiva. El «yo siento» ha adquirido autoridad normativa.

Este desplazamiento no es accidental. Es fruto de décadas de individualismo expresivo, de sospecha hacia las instituciones y de una narrativa que identifica límite con opresión. El cuerpo, que durante milenios fue entendido como dimensión constitutiva de la persona, se convierte ahora en material interpretativo. La pertenencia deja de ser herencia y pasa a ser elección. La biología se relativiza; la autopercepción se absolutiza.

En la adolescencia, este giro cultural tiene efectos amplificados. El joven está precisamente en el proceso de definir quién es. Si el entorno cultural le dice que su identidad depende ante todo de su experiencia interior, y si encuentra comunidades digitales que validan esa experiencia sin cuestionamiento, el proceso de consolidación identitaria puede tomar caminos altamente subjetivizados. Lo que antes habría sido una fase exploratoria puede cristalizar en etiqueta permanente.

Aquí es necesario introducir una distinción importante. No toda exploración identitaria es patológica. La adolescencia necesita espacio para experimentar, imaginar, simbolizar. Pero la identidad madura no se define solo por intensidad emocional, sino por integración. Una identidad sana es aquella que logra armonizar cuerpo, afectividad, relaciones y proyecto de vida. Cuando la autopercepción entra en tensión radical con la realidad compartida y comienza a interferir con la vida cotidiana, estamos ante una señal de fragmentación.

Desde la teología de la creación, la Escritura sitúa la identidad humana en un marco que antecede a toda autopercepción. «Dios creó al hombre a imagen Suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27, NBLA). Esta afirmación no describe simplemente un origen biológico, sino una condición ontológica: el ser humano recibe su identidad antes de decir nada sobre sí mismo. No se define por proyección interior, sino por relación con su Creador. La imago Dei no es una experiencia subjetiva, sino una realidad constitutiva que confiere dignidad, límite y vocación.

Esta verdad se profundiza cuando el salmista contempla el lugar del ser humano dentro del orden creado. En el Salmo 8, el asombro no nace de la autosuficiencia humana, sino de la gracia que le ha sido concedida: «¡lo has hecho un poco menor que los ángeles, y lo coronas de gloria y majestad!
Tú le haces señorear sobre las obras de Tus manos» (NBLA). El ser humano no se confunde con el resto de la creación ni se diluye en ella. Tiene un orden de prelación, una responsabilidad y una centralidad que no brotan del deseo, sino del designio divino. En la visión bíblica, la identidad humana se comprende siempre en relación: hacia Dios, hacia el mundo y hacia los otros. Cuando esa jerarquía se invierte, la identidad se desorienta.

Aquí es donde la reflexión del apóstol Pablo adquiere una densidad ontológica decisiva. En Romanos 1:23, Pablo describe el drama humano no como mera ignorancia, sino como sustitución: «cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles» (NBLA). No se trata simplemente de idolatría ritual, sino de un colapso del orden del ser. Cuando el ser humano abandona su referencia al Creador, comienza inevitablemente a redefinirse desde abajo, desde lo creado, desde lo animal, desde lo mutable. La pérdida del eje trascendente conduce a la confusión ontológica: lo que debía reflejar a Dios termina reflejando lo inferior.

Leído desde este marco, el fenómeno contemporáneo de identidades desancladas no aparece como una rareza aislada, sino como un síntoma coherente de una cultura que ha olvidado la creación. Cuando el ser humano deja de entenderse como criatura, cualquier límite se vuelve sospechoso y cualquier autopercepción reclama legitimidad absoluta. La antropología bíblica, en cambio, ofrece una visión más realista y compasiva: el problema no es que el ser humano busque identidad, sino que la busque desconectado de su origen y de su fin.

Pero el cristianismo va aún más lejos. No solo afirma que hemos sido creados; afirma que hemos sido redimidos. Y aquí aparece la afirmación decisiva del apóstol Pablo: «Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí» (Gálatas 2:20, NBLA). La verdadera identidad de ser humano no se construye a partir de la fluctuación emocional ni de la autoafirmación radical, sino de la unión con Cristo.

Esto no anula la personalidad, sino que la redime. No borra la historia personal, sino que la reordena. Frente a la incertidumbre identitaria, el Evangelio ofrece una certeza que no depende del estado de ánimo ni de la validación digital: pertenezco a Cristo. Mi vida está escondida en Él. Soy conocido y amado por Dios antes de cualquier autodefinición.

Esa verdad introduce una estabilidad profunda. En una cultura donde el yo se siente obligado a reinventarse constantemente, el cristianismo anuncia un descanso reconfortante: no necesito crearme desde cero para tener valor. Mi identidad no es un proyecto experimental, sino una realidad recibida en gracia.

Esto no significa ignorar el sufrimiento o la confusión que pueda experimentar un adolescente. Significa ofrecer un fundamento distinto. Cuando la identidad se fragmenta, el Evangelio no responde con burla, sino con anclaje. No responde con relativismo, sino con esperanza.

La lección para la Iglesia es clara. Primero, debemos articular una antropología cristiana robusta y existencialmente significativa. No basta con decir «eso está mal». Debemos mostrar por qué la visión bíblica del ser humano es más coherente, más integradora y más humanizadora que las alternativas fragmentarias.

Segundo, debemos acompañar pastoralmente con paciencia. El adolescente que experimenta confusión identitaria no necesita condena, sino presencia firme. Necesita adultos que escuchen sin escandalizarse, que orienten sin humillar y que recuerden con ternura que la identidad verdadera no se encuentra en etiquetas, sino en Cristo.

Colaborar como cristianos implica crear comunidades donde la pertenencia sea real y tangible. Donde el joven no sea reducido a una categoría, sino afirmado como persona creada y redimida. Donde pueda expresar dudas sin ser ridiculizado, pero también pueda escuchar verdad sin ser engañado.

En un tiempo donde la identidad parece disolverse en autopercepción, el Evangelio ofrece una certeza que atraviesa la incertidumbre: no soy simplemente lo que siento en este momento. Soy alguien llamado por nombre, reconciliado en Cristo y sostenido por una gracia que no fluctúa.

«Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí.» Esa confesión no es evasión de la realidad; es su cumplimiento más profundo. Allí la identidad deja de fragmentarse y comienza a integrarse. Allí la incertidumbre encuentra fundamento. Allí el yo deja de ser un territorio incierto y se convierte en morada habitada por una presencia fiel.

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

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