No es solo un asunto local

La crisis de Inglaterra y el juicio silencioso de la Iglesia antigua

ἀποστῶμεν τῆς ματαιότητος καὶ τῆς κενῆς φλυαρίας καὶ ἔλθωμεν ἐπὶ τὸν ἔνδοξον καὶ σεμνὸν κανόνα τῆς παραδόσεως ἡμῶν
Primera carta de Clemente 7:1

La situación que hoy se experimenta en la Iglesia de Inglaterra no es simplemente un asunto interno ni una peculiaridad cultural del Occidente tardomoderno. Se trata de una dislocación eclesial de mayor alcance, que interpela no solo a una provincia concreta, sino a toda la Comunión Anglicana y, más ampliamente aún, al cristianismo contemporáneo en su conjunto, e incluso a la Iglesia a lo largo de su historia. No estamos ante un fenómeno aislado ni excepcional, sino ante una tensión recurrente que reaparece cada vez que la Iglesia debe discernir entre la fidelidad recibida y una adaptación mal entendida.

En este sentido, la situación actual en Inglaterra encuentra un espejo sorprendentemente lúcido en un texto escrito a fines del siglo I: la Primera Carta de Clemente, probablemente el documento más temprano de la época subapostólica. Aquella carta no respondió solamente a una realidad local ni a una situación meramente circunscrita, ni tampoco a un simple problema administrativo o a lo que hoy alguien podría denominar una «cuestión pastoral». Señaló, más bien, una deriva eclesial que amenazaba la comunión, el testimonio y la obediencia a la voluntad de Dios, no solo en una iglesia particular, sino en el conjunto de la comunión cristiana. Precisamente por eso, su relevancia trasciende su contexto inmediato. La Primera Carta de Clemente se escribe desde Roma no como observando un conflicto ajeno, sino como una evidencia que explica que lo que ocurre en una comunidad concreta afecta, de algún modo, al cuerpo entero.

Así entendida, esta realidad no puede reducirse a un debate interno inglés ni a una discusión meramente provincial. Es una manifestación contemporánea de una pregunta más profunda y permanente: cómo vive la Iglesia su fidelidad al Evangelio en medio de presiones culturales persistentes, cómo ejerce la autoridad que ha recibido, y cómo se preserva la comunión cuando, en otras partes del cuerpo, se encienden luces rojas al percibirse que los fundamentos mismos de la fe y del orden están siendo cuestionados, y se vuelve necesario hablar con cariño y responsabilidad a la comunidad en la que esa alarma se ha hecho visible. En este sentido, la voz de Clemente no es un eco distante del pasado, sino una interpelación viva para la Iglesia de hoy.

La Primera Carta de Clemente se escribe porque una comunidad cristiana, sin declarar formalmente una ruptura, se ha ido apartando del orden y del fundamento que recibió. Su llamado es sobrio y directo: «Apartémonos de la vanidad y de la palabrería vacía, y volvamos a la norma gloriosa y venerable de nuestra tradición» (1 Clemente 7:1). Ese llamado, formulado hace casi dos mil años, expresa con notable precisión lo que hoy está en juego en Inglaterra. No se trata meramente de tensiones internas, de sensibilidades pastorales divergentes a nivel local o de ajustes institucionales. Se trata de un alejamiento real del κανών recibido, del marco normativo de la fe apostólica tal como fue transmitida, confesada y vivida en la Iglesia.

Es esta constatación la que motiva a escribir. No desde Inglaterra, no desde el centro histórico del anglicanismo, sino desde el sur del mundo, desde iglesias que recibieron la fe precisamente de esa tradición que hoy parece vacilar en su propio lugar de origen. Hablar desde aquí no es un gesto de superioridad ni de juicio externo, sino una responsabilidad que nace de la comunión misma. Cuando una parte del cuerpo se desorienta, todo el cuerpo lo siente.

Estas palabras surgen desde la fragilidad de un peregrino que escribe a otro peregrino igualmente frágil (véase 1 Clemente 1:1). En el espíritu de Clemente, no hay superioridad moral ni distancia jerárquica, sino la voz de un par que, desde su propio dolor, se dirige al dolor del otro para recordar que ambos caminan bajo la misma obediencia y el mismo juicio de Dios, hoy percibidos como puestos en tensión por un curso que desorienta y altera la misión de la Iglesia

El conflicto en Inglaterra: algo más que un problema local

Lo que está ocurriendo en la Iglesia de Inglaterra no puede reducirse a un debate pastoral ni a una disputa administrativa interna. El conflicto inglés toca el corazón mismo de la fe enseñada, recibida y transmitida. Cuando una iglesia comienza a redefinir aspectos centrales de la antropología cristiana, de la moral bíblica y de la autoridad de la Escritura, ya no estamos ante una simple adaptación contextual, sino ante una alteración doctrinal con consecuencias eclesiales profundas. Y cuando ese proceso tiene lugar no en cualquier iglesia provincial, sino precisamente en la Iglesia de Inglaterra, donde históricamente surgió el anglicanismo, el problema deja de ser meramente local. La cuestión adquiere un alcance que trasciende lo provincial y obliga a toda la Comunión Anglicana a preguntarse por el sentido mismo de continuidad, fidelidad y transmisión. No se trata solo de una desviación circunstancial, sino de una señal que afecta a la autocomprensión de una tradición que nació con la vocación explícita de ser reformada, católica y bíblica, y que hoy parece vacilar respecto de los fundamentos que le dieron origen. Por eso, lo que está en juego no es una diferencia pastoral legítima ni una discusión administrativa, sino la responsabilidad histórica de custodiar un legado recibido, no como propiedad disponible, sino como herencia confiada para ser guardada y entregada.

Por eso, el problema no es que Inglaterra pueda hacer «lo que estime conveniente». La Iglesia de Inglaterra no es una iglesia aislada, y la Comunión Anglicana no es, ni puede ser, una suma de iglesias autónomas que se relacionan como si fueran comunidades independientes. La comunión, si es real, implica algo más que afinidad histórica o cortesía institucional: implica una responsabilidad recíproca nacida de una fe recibida en común, confesada en común y llamada a ser guardada en común. Por eso es que Clemente escribe a los corintios: porque se pertenecen.

Por su peso histórico, simbólico y teológico, las decisiones de Inglaterra repercuten inevitablemente en el conjunto. Lo que allí se legitima, tarde o temprano tiende a normalizarse en otros lugares, no por imposición formal, sino por una inercia eclesial que suele operar sin ser notada: lo que el centro tolera, la periferia aprende a llamarlo «prudencia»; lo que el centro bendice, otros lo asumen como «desarrollo». Por eso, el silencio del resto de la Comunión no es neutral. En un cuerpo vivo, callar frente al extravío de un miembro no es caridad, ni paciencia; es renuncia a la verdad que, justamente, hace posible la paz y la vida en comunión.

A ello se suma un elemento particularmente delicado: cuando se busca que el diálogo se mantenga mientras la decisión ya ha sido asumida como irreversible. En ese caso, la conversación deja de ser un ejercicio real de discernimiento común y pasa a funcionar como un gesto procedimental que acompaña un curso previamente definido. Tal dinámica no solo debilita la confianza, sino que introduce una forma de unilateralidad eclesial que hiere la comunión y transmite el mensaje implícito de que las consecuencias para el resto del cuerpo son secundarias o irrelevantes.

La pregunta, entonces, no es si el resto de la Comunión tiene derecho a reaccionar, sino si puede darse el lujo de no hacerlo. Guardar silencio ante un abandono práctico de las raíces cristianas no es neutralidad prudente. Es, en términos clementinos, consentir en la continuidad de una desviación del camino recibido.

Leído a la luz de la Primera Carta de Clemente, este conflicto adquiere un relieve aún mayor. Clemente escribe a una comunidad que, sin negar explícitamente la fe recibida, en la práctica ha alterado el orden que le fue confiado. Por eso su exhortación no apela a la autonomía local ni a la creatividad pastoral, sino al retorno obediente a lo recibido: «Es una cosa vergonzosa, amados, sumamente vergonzosa e impropia de vuestra conducta en Cristo, que se diga que la Iglesia antiquísima y firme de los corintios, por causa de una o dos personas, se haya sublevado contra sus presbíteros» (1 Clemente 47:6). Precisamente ahí reside la clave para leer lo que hoy ocurre en Inglaterra: no como un ejercicio legítimo de autodeterminación eclesial, sino como una alteración del orden recibido que afecta, inevitablemente, a toda la comunión.

El eco de Corinto: orden, paz y responsabilidad compartida

Aquí es donde la Primera Carta de Clemente se vuelve extraordinariamente actual. Clemente escribe a una iglesia que ha destituido a presbíteros legítimamente establecidos. El punto clave es que Clemente no interpreta este hecho como una reorganización local ni como una decisión local soberana de una comunidad autónoma. Lo lee como un desorden espiritual grave, que ha roto la paz querida por Dios, no solo en Corinto, sino que en todo el pueblo cristiano.

Más aún, Clemente escribe desde Roma a Corinto sin pedir permiso, sin ser invitado y sin disculparse por intervenir. ¿Por qué? Porque entiende que la ruptura del orden en una iglesia concreta afecta a la Iglesia en su conjunto. La comunión no es un sentimiento vago ni una red de afinidades, sino una realidad moral y espiritual que genera responsabilidades mutuas.

Este punto es crucial. Clemente no actúa como un «obispo universal», pero tampoco como un observador distante. Actúa como quien sabe que la fe apostólica es un depósito común y que su distorsión en un lugar hiere a todos.

Contra el reflejo congregacionalista

Uno de los supuestos más arraigados en la modernidad eclesial anglicana es la idea de que cada iglesia puede decidir por sí misma su camino doctrinal, siempre que no obligue formalmente a las demás. La Primera Carta de Clemente desmonta este supuesto desde sus cimientos.

Para Clemente, la paz de la Iglesia no es negociable ni localizable. El orden eclesial no es una convención funcional, sino una expresión concreta de la voluntad de Dios. Cuando ese orden se quiebra, no solo se daña una comunidad particular, sino que se introduce un escándalo que amenaza la unidad visible y el testimonio público de toda la Iglesia.

Aplicado a Inglaterra, esto significa que el resto de la Comunión Anglicana no puede refugiarse en la neutralidad educada ni en el lenguaje diplomático indefinido. El silencio, la paciencia o el respeto, en este contexto, no es prudencia: es omisión.

¿Qué responsabilidad tiene hoy la Comunión Anglicana?

La Primera Carta de Clemente no ofrece un manual de procedimientos, pero sí establece principios claros y exigentes. En ella, la verdad del evangelio precede siempre a cualquier paz superficial: Clemente llama a la reconciliación, pero solo sobre la base del arrepentimiento y del retorno al orden recibido, no sobre acuerdos mínimos que eviten el conflicto sin sanar la raíz. Al mismo tiempo, afirma una autoridad que es ministerial y derivada, pero por eso mismo responsable, de modo que quienes han sido puestos al servicio de la Iglesia no pueden refugiarse en procesos, comisiones o plazos indefinidos cuando lo que está en juego es la fidelidad doctrinal. Finalmente, la comunión aparece inseparable de una corrección fraterna real: Clemente exhorta, advierte y llama con firmeza precisamente porque ama la unidad verdadera, aquella que nace de la obediencia compartida a la voluntad de Dios

Una carta antigua para una crisis contemporánea

Que una carta escrita hace casi dos mil años ilumine con tanta claridad el presente debería hacernos reflexionar. El conflicto en Inglaterra es, en el fondo, una novedad, la reaparición de una tentación antigua: confundir autonomía local con libertad, y paz institucional con obediencia a Dios. La Primera Carta de Clemente recuerda que la Iglesia aprende, a veces dolorosamente, que no puede sostenerse en soluciones unilaterales ni en equilibrios frágiles, sino únicamente en el testimonio apostólico recibido, custodiado y transmitido en comunión.

Por eso, la pregunta decisiva hoy no es simplemente si el resto de la Comunión Anglicana debe o puede reaccionar ante lo que ocurre en Inglaterra, sino si está dispuesta a asumir la responsabilidad espiritual que la Comunión misma le impone. Desde Roma, 1 Clemente respondió hace siglos no con silencio ni con neutralidad, sino con una palabra firme nacida del amor a la unidad verdadera.

Ὑμεῖς οὖν οἱ τὴν καταβολὴν τῆς στάσεως ποιήσαντες,
ὑποτάγητε τοῖς πρεσβυτέροις
καὶ παιδεύθητε εἰς μετάνοιαν,
κάμψαντες τὰ γόνατα τῆς καρδίας ὑμῶν.

μάθετε ὑποτάσσεσθαι,
ἀποθέμενοι τὴν ἀλαζόνα καὶ ὑπερήφανον τῆς γλώσσης ὑμῶν αὐθάδειαν·
ἄμεινον γάρ ἐστιν ὑμῖν
ἐν τῷ ποιμνίῳ τοῦ Χριστοῦ
μικροὺς καὶ ἐλλογίμους εὑρεθῆναι
ἢ καθ’ ὑπεροχὴν δοκοῦντας
ἐκριφῆναι ἐκ τῆς ἐλπίδος αὐτοῦ.

«Por tanto, ustedes que han puesto el fundamento de la sedición, sométanse a los presbíteros y déjense corregir para arrepentimiento, doblando las rodillas del corazón. Aprendan a someterse, despojándose de la arrogancia y de la soberbia obstinación de su lengua; porque es mejor para ustedes ser hallados pequeños y dignos de estima en el rebaño de Cristo, que parecer superiores y ser arrojados fuera de su esperanza». Primera Carta de Clemente 57:1-2

Samuel Morrison, tercera semana de Epifanía 2026

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Samuel Morrison
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