La Primera carta de Pedro y la vida cristiana en una religión cívica poscristiana
Hubo un tiempo en que el cristianismo funcionó como trasfondo moral compartido, aun allí donde la fe viva se había debilitado. Ese tiempo está llegando a su fin. El tránsito hacia una religión cívica poscristiana no solo redefine el espacio público; sino que también obliga a la Iglesia a repensar su propia autocomprensión. Ya no se trata simplemente de discernir un entorno cultural cambiante, sino de aprender a vivir fielmente en él sin confundir nostalgia con obediencia ni resistencia con fidelidad.
En este nuevo escenario, las cartas del Apóstol Pedro adquieren una relevancia particular. No porque ofrezcan un análisis sociológico del poder ni una estrategia de supervivencia cultural, sino porque articulan una teología de la vida cristiana pensada explícitamente para comunidades que no son centrales, visibles o simbólicamente dominantes. Pedro escribe a una Iglesia que vive bajo sospecha, que no controla el lenguaje público y que, sin embargo, es llamada a una fidelidad clara, sobria y no negociable.
Desde el comienzo mismo de la Primera carta de Pedro, los destinatarios son definidos de un modo que resulta decisivo: «extranjeros» y «peregrinos». No se trata de una metáfora devocional ni de un recurso retórico. Es una categoría teológica que ordena toda la carta. Los cristianos no son descritos como reformadores del orden existente ni como revolucionarios culturales, sino como personas cuya identidad última no coincide plenamente con ninguna forma histórica de organización social.
Ser «extranjero» no significa vivir al margen de la sociedad, sino habitarla sin asumirla como patria última. El extranjero participa, trabaja, contribuye y convive, pero sabe que su pertenencia es relativa y derivada. Ser «peregrino», por su parte, introduce una dimensión aún más profunda: la vida cristiana está marcada por la conciencia de tránsito. [AJUSTE] No se trata solo de vivir en tensión con el entorno inmediato, sino de hacerlo orientados por una esperanza que desborda cualquier orden histórico. Juntas, estas categorías describen una presencia real sin absolutización y una esperanza firme sin evasión.
Esta extranjería no debe entenderse en clave moderna, como si se tratara de una expatriación voluntaria o estratégica. Pedro no habla de creyentes que se han retirado del mundo ni de comunidades que han optado por la marginalidad. La condición de forasteros no es una elección sociológica, sino una consecuencia inevitable de la confesión cristiana. Quien reconoce a Jesucristo como Señor relativiza, por definición, toda pretensión de lealtad absoluta al orden civil, cultural o simbólico en el que vive.
Aquí se produce un punto de contacto profundo con la situación contemporánea. La religión cívica poscristiana no se presenta como un culto explícito ni como un sistema doctrinal formal, pero sí establece límites incuestionables, rituales de pertenencia y formas de exclusión moral. El conflicto no surge necesariamente cuando el cristiano participa en la vida social, sino cuando se le exige una decisión última en torno a definiciones antropológicas, morales o identitarias que ya no admiten disenso. En ese momento, la vida cristiana deja de ser pasiva y se vuelve necesariamente deliberada: es preciso optar. Allí, la extranjería deja de ser una categoría teórica y se convierte en experiencia concreta, no como retiro ni dilución, sino como una identidad asumida que rehúsa confundirse con la cultura dominante y, precisamente por eso, le muestra que otra forma de vida es posible.
Este escenario constituye un desafío real para el cristianismo contemporáneo. La etapa cultural que atravesamos exige algo más que buena voluntad o intuiciones morales heredadas: demanda de cada miembro un conocimiento claro, profundo y apropiado de la fe cristiana. En este contexto, la Iglesia está llamada a ser una comunidad genuinamente catequética, que discipule, enseñe y forme a todo el pueblo creyente, no como una élite intelectual, sino como un cuerpo preparado para discernir, decidir y vivir fielmente en medio de presiones reales que buscan anular o al menos disminuir su identidad. Sin esta formación paciente y compartida, la fidelidad corre el riesgo de diluirse; con ella, en cambio, la extranjería cristiana puede asumirse con claridad, libertad y esperanza, aceptando también los costos que esta identidad implica y estando dispuestos a asumir las consecuencias de permanecer fieles cuando la cultura circundante responde con incomodidad, resistencia o rechazo. Es precisamente esta formación la que hace posible que la fidelidad no derive ni en asimilación acrítica ni en confrontación reactiva, sino en una presencia discernida y espiritualmente madura.
Pedro no anima a sus lectores a retirarse de la sociedad ni a confrontarla de manera sistemática. Al contrario, los exhorta a vivir de tal manera que su conducta sea irreprochable incluso a los ojos de quienes los miran con sospecha. La vida cristiana es presentada como una forma de presencia fiel, no como una estrategia de resistencia cultural. La obediencia a las autoridades civiles es afirmada con claridad, pero siempre dentro de un marco más amplio en el que solo Dios recibe obediencia absoluta. Se honra al emperador, pero no se lo sacraliza. Se participa en la vida común, pero sin absolutizar sus valores. En ese mismo marco, Pedro llama a los creyentes a no responder a la hostilidad con repliegue ni con agresividad, sino a bendecir, incluso cuando son injustamente tratados, mostrando así que la extranjería cristiana no se expresa en desprecio ni en resentimiento, sino en una forma de vida que, aun bajo presión, busca el bien de la sociedad que la rodea.
Este equilibrio resulta particularmente exigente porque muchas veces carece de gestos heroicos visibles. No produce épica ni ofrece consuelo identitario inmediato. Exige discernimiento cotidiano, paciencia moral y una disposición a soportar la incomprensión sin caer en el resentimiento ni en la autojustificación. El sufrimiento del que habla Pedro no es buscado ni instrumentalizado; es asumido como consecuencia posible de una fidelidad que no se diluye para evitar el conflicto.
La historia cristiana muestra que, precisamente en estas condiciones, la Iglesia es purificada, fortalecida y enviada con mayor claridad. Cuando ha sido fiel sin privilegio, cuando ha confesado a Cristo sin apoyarse en la aprobación cultural, no solo ha perseverado, sino que ha bendecido a las sociedades en las que ha vivido. Esa bendición no ha consistido en dominar el espacio público, sino en anunciar el Evangelio y vivirlo de manera visible, coherente y transformadora.
Por eso, la interpelación cristiana a la cultura no se ejerce desde una supuesta superioridad moral, sino desde una obediencia aprendida con humildad. El camino de la santidad que Pedro traza no es ni una retirada intimista ni una confrontación altiva, sino una vida moldeada por el kérigma cristiano, conocida, asumida y encarnada en todas las áreas de la existencia. Es desde esa vida que la cultura es interrogada, no por agresión, sino por contraste.
Esto no elimina la necesidad del límite. En algún punto, toda fidelidad cristiana debe saber decir «hasta aquí». No como gesto de provocación ni como estrategia de conflicto, sino como consecuencia inevitable de una lealtad que no se negocia. Evitar ese momento por temor a la incomodidad es, en último término, una forma de infidelidad silenciosa.
La Iglesia que emerge de la Primera carta de Pedro es, así, una comunidad peregrina. No porque desprecie el mundo, sino porque sabe que no le pertenece en último término. No porque renuncie a la vida social, sino porque se niega a absolutizarla. Esta conciencia peregrina no debilita el testimonio cristiano; lo purifica. Libera a la Iglesia de la necesidad de dominar simbólicamente el espacio público y la devuelve a una forma de fidelidad más austera, pero también más profunda.
En un contexto de religión cívica poscristiana, esta perspectiva resulta particularmente fecunda. La tarea cristiana no consiste en resistir cada cambio cultural ni en adaptarse acríticamente a ellos, sino en discernir con claridad dónde termina la legítima convivencia y dónde comienza una exigencia de lealtad incompatible con la confesión de Cristo. Ese discernimiento no se ejerce desde el poder, sino desde la fidelidad vivida.
Pedro no ofrece garantías de reconocimiento ni promesas de éxito cultural. Ofrece algo más exigente y más duradero: una forma de habitar el tiempo presente sin perder la identidad, una manera de vivir en tierra ajena sin dejar de ser plenamente humanos, y una esperanza que no depende de la aprobación del orden vigente. En ello radica, quizás, la enseñanza más profunda de esta carta para la Iglesia contemporánea: no cómo recuperar un lugar central, sino cómo permanecer fiel cuando ese lugar ya no existe. Soli Deo gloria