Risa, fe y formación en el espacio público

La banalización de lo sagrado y el desafío cristiano de enseñar en una cultura que se ríe

«Cuando lo que merece ser pensado solo provoca risa, no es la verdad la que ha perdido fuerza, sino nuestra capacidad de reconocerla»


Durante la noche inaugural del Festival de Viña del Mar, la rutina del comediante Stefan Kramer recurrió a referencias explícitas al mundo religioso, particularmente al catolicismo romano, combinando lenguaje litúrgico, recuerdos parroquiales y alusiones sexuales. El resultado fue una secuencia de humor que redujo lo religioso a material escénico disponible: reconocible, funcional y fácilmente banalizable. La fe apareció no como objeto de reflexión crítica, sino como utilería cultural.

El episodio generó una reacción pública, incluida la de la autoridad eclesiástica católica, que expresó su preocupación por el trato dado a la fe cristiana y recordó que, aun en el humor, existen límites cuando se toca aquello que millones consideran sagrado. Esa reacción forma parte natural del hecho y da cuenta de que lo ocurrido no fue percibido como un gesto neutro.

Con todo, lo verdaderamente relevante no es el intercambio entre un humorista y una autoridad religiosa, sino la pregunta más profunda que el episodio deja abierta: ¿qué nos indica sobre nuestra sociedad el hecho de que la fe cristiana pueda ser utilizada de este modo? ¿y cómo debería responder un cristiano que no entiende la fe principalmente como identidad cultural, sino como verdad revelada que forma la mente, la conciencia y la vida?

Desde una perspectiva cristiana centrada en la Escritura y en la formación del entendimiento, la respuesta comienza con el discernimiento. No toda sátira es igual. Existe una diferencia sustantiva entre la crítica inteligente que desenmascara incoherencias reales y la burla que simplemente trivializa aquello que no se quiere comprender. En el caso del Festival de Viña, lo que se observa no es un ejercicio de crítica teológica ni de cuestionamiento moral, sino una reducción de lo religioso a caricatura funcional al espectáculo.

Ahora bien, el cristianismo no se debilita porque alguien se ría de él. Históricamente, la fe cristiana ha convivido con la burla, la incomprensión y el desprecio desde sus orígenes. El problema no es la risa ajena, sino la evidencia de una pobreza formativa cuando esa risa parece suficiente para vaciar de sentido lo que debería tener profundidad. Allí donde la fe ha sido transmitida principalmente como costumbre, emoción o símbolo cultural, queda expuesta a ser utilizada sin resistencia intelectual.

Por eso, la respuesta cristiana más sólida frente a este tipo de episodios es la recuperación de una fe que se sabe verdadera, inteligible y razonable. Una fe que no depende del respeto cultural para sostenerse, porque no se funda en el consenso social, sino en la revelación de Dios y en la coherencia de una vida transformada por esa verdad.

El episodio también dice algo inquietante sobre la sociedad que ríe. No es necesariamente una hostilidad consciente hacia Dios, sino una pérdida más amplia del sentido de lo sagrado. Cuando todo puede convertirse en chiste, es porque nada logra imponerse como verdaderamente serio. La risa, en este contexto, no es tanto signo de libertad crítica como de evasión: una manera de evitar preguntas incómodas sobre culpa, sentido, finitud y trascendencia. Reírse de la fe resulta más fácil que pensarla.

Desde una tradición cristiana que ha puesto históricamente el acento en la instrucción, la lectura bíblica, la formación doctrinal y la responsabilidad personal ante Dios, el desafío es claro. No se trata de exigir protección cultural para la religión, ni de blindarla frente a la burla. Se trata de enseñar mejor, de formar mejor, de mostrar que la fe cristiana no es un residuo folklórico ni un conjunto de símbolos vacíos, sino una visión del mundo capaz de dar cuenta de la condición humana con más hondura que muchas de sus alternativas contemporáneas.

Lo ocurrido en la Quinta Vergara no amenaza al cristianismo. Lo que sí deja al descubierto es una cultura que ha perdido la capacidad de distinguir entre crítica y banalización, y que tiende a convertir toda realidad significativa en material disponible para el entretenimiento. En ese contexto, la fe cristiana aparece fácilmente reducida a caricatura, no porque carezca de verdad, sino porque ha dejado de ser comprendida con profundidad.

Frente a este escenario, la respuesta cristiana más fiel no consiste ni en el escándalo ni en el repliegue silencioso. Consiste, más bien, en enfatizar una fe pensada, enseñada y vivida con tal densidad intelectual, moral y espiritual, que no pueda ser trivializada sin que la trivialización se revele a sí misma como insuficiente. Cuando la fe es verdaderamente comprendida, la caricatura pierde fuerza por su propia pobreza, sin necesidad de ser combatida frontalmente.

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

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