El mes de marzo ha concentrado dos acontecimientos que, tomados juntos, iluminan con una claridad difícil de ignorar la fractura que recorre hoy al anglicanismo mundial. El primero fue la reunión de centenares de obispos en Abuja, Nigeria, convocados bajo el liderazgo del GAFCON (ahora Comunión Anglicana Global), para afirmar una visión de la Iglesia fundamentada en la autoridad normativa de la Escritura y la continuidad con la fe apostólica. El segundo fue la consagración de una nueva arzobispa en Canterbury, en un proceso que muchos han interpretado como la expresión más reciente de una Iglesia de Inglaterra que busca su identidad en la adaptación cultural antes que en la fidelidad doctrinal. Ambos eventos no son simplemente noticias eclesiales. Son señales de una divergencia que ya no puede ser disimulada: dos comprensiones distintas, y en aspectos fundamentales incompatibles, de lo que es la Iglesia y de aquello que le da identidad.
En Abuja, lo ocurrido no fue una reacción meramente circunstancial. Fue una toma de posición consciente: la Iglesia no se define por su historia institucional, sino por su conformidad con la verdad revelada. En este sentido, representa un acto de recuperación del principio que ha estado en el corazón del anglicanismo reformado desde sus inicios, tal como lo expresan los Treinta y Nueve Artículos, las Homilías y el Libro de Oración Común: que la Escritura no es una voz entre muchas, sino la norma suficiente que ordena la vida, la doctrina y la misión de la Iglesia.
En Inglaterra, en cambio, la consagración en Canterbury debe ser leída dentro de un proceso más profundo y preocupante. No se trata simplemente de un cambio en el liderazgo, sino de la expresión visible de una Iglesia que ha desplazado su centro de gravedad. La continuidad ya no parece buscarse en la fidelidad a la doctrina recibida, sino en la capacidad de la institución para adaptarse a las exigencias culturales del momento. En este marco, las decisiones eclesiales dejan de estar reguladas por la Escritura y comienzan a ser moldeadas por otros criterios, particularmente por categorías ideológicas contemporáneas que, cuando entran en tensión con el testimonio bíblico, terminan imponiéndose.
El resultado es una forma de continuidad que es, en el fondo, solo aparente. Se preservan las estructuras, los títulos, los edificios y la memoria histórica institucional, pero el contenido que les daba sentido comienza a diluirse. Cuando la Iglesia mantiene su forma institucional y al mismo tiempo relativiza su fundamento doctrinal, lo que se produce no es una renovación sino una pérdida progresiva de identidad. Porque una Iglesia que ya no es definida por la Escritura inevitablemente será definida por otra cosa, y aquello que ocupa ese lugar no tiene ni la estabilidad ni la autoridad para sostenerla en el tiempo.
Frente a esto, Abuja no ofrece simplemente una alternativa organizativa, sino una afirmación teológica: que la verdadera continuidad de la Iglesia no se garantiza mediante ajustes institucionales, sino mediante la fidelidad perseverante a la Palabra de Dios. En ese sentido, el contraste entre ambos eventos no es accidental, sino revelador de dos caminos que ya no pueden ser reconciliados sin una redefinición profunda de lo que significa ser anglicano.
La pregunta que surge no es meramente descriptiva. Es una pregunta que exige una toma de posición: ¿qué tipo de anglicanismo queremos? ¿Uno que se sostenga sobre una base doctrinal clara, o uno que busque su estabilidad en la continuidad institucional, aun cuando esa continuidad haya perdido su anclaje teológico?
Lo que ha ocurrido en Abuja no es una innovación. Es, en el sentido más estricto, una recuperación de aquello que dio origen al anglicanismo en su forma reformada. Conviene recordarlo con precisión, porque este punto suele ser disputado. El Artículo VI de los Treinta y Nueve Artículos afirma que «la Sagrada Escritura contiene todas las cosas necesarias para la salvación», no como una referencia entre otras, sino como norma suficiente. El Artículo XX añade que la Iglesia no tiene autoridad para ordenar algo contrario a la Palabra de Dios escrita, ni para imponer artículos de fe que no puedan ser leídos en ella o probados por ella. Las Homilías, por su parte, insisten una y otra vez en que es la Palabra de Dios, y no la autoridad eclesiástica autónoma, lo que forma, corrige y sostiene a la Iglesia. El Libro de Oración Común, en su estructura misma, satura la vida litúrgica con Escritura, no como adorno sino como sustancia. Estos documentos no son reliquias culturales. Son la arquitectura doctrinal sobre la que se construyó el anglicanismo reformado, y su lectura honesta dificulta sostener que la dirección tomada por Canterbury en las últimas décadas representa una continuidad genuina con esa herencia.
El anglicanismo histórico, en su mejor expresión, no fue una iglesia definida primariamente por su institución, sino por su sujeción a la Escritura. Su unidad no descansaba en una estructura jerárquica centralizada, sino en una confesión compartida. Su autoridad no emanaba de una sede, sino de la fidelidad al Evangelio. El movimiento que hoy emerge con fuerza desde el Sur Global no está proponiendo algo nuevo: está volviendo a ese fundamento. Recupera la centralidad de la Escritura como norma suficiente, una moral cristiana coherente con el testimonio apostólico y una comprensión de la unidad basada no en estructuras sino en la verdad compartida. Al hacerlo, se sitúa, paradójicamente, más cerca del anglicanismo clásico que muchas de las estructuras que históricamente han reclamado representarlo.
El contraste con lo que hoy representa Canterbury es, en este punto, inevitable y doloroso. Durante mucho tiempo, la Iglesia de Inglaterra fue una referencia teológica y espiritual para el mundo anglicano. Lo que hoy se observa, sin embargo, no es simplemente una evolución, sino un desplazamiento del fundamento. El problema no radica únicamente en decisiones particulares, por significativas que estas sean, sino en el principio que parece regirlas.
La Escritura ya no opera, en la práctica, como norma reguladora final. Cuando surge una tensión entre el testimonio bíblico y las corrientes culturales dominantes, la resolución no se busca mediante una sumisión renovada a la Palabra, sino mediante una reinterpretación que permita la adaptación. En ese proceso, la autoridad doctrinal se desplaza progresivamente hacia otros centros: la experiencia contemporánea, la presión cultural, las categorías ideológicas del momento. Esto no es simplemente un cambio metodológico. Es un cambio de autoridad. Y allí donde cambia la autoridad, cambia inevitablemente la identidad.
La consagración reciente en Canterbury debe ser leída dentro de este marco más amplio. No es un hecho aislado, sino la expresión visible de una lógica en la cual la continuidad institucional se preserva mediante ajustes estructurales, aun cuando el contenido doctrinal se vuelva cada vez más difuso. Se mantiene la forma, pero se altera el fundamento. Un anglicanismo definido primariamente por su institucionalidad puede sostener la apariencia de continuidad, pero carece de los recursos internos para sostener la fidelidad. La historia de la Iglesia muestra repetidamente que las estructuras pueden perdurar incluso cuando la verdad que les dio origen ha sido abandonada.
El problema, entonces, no es solo que la Iglesia de Inglaterra haya dejado atrás ciertos énfasis reformados. Es que, en muchos aspectos, ha dejado de someterse a aquello que constituye la base misma del cristianismo histórico: la autoridad normativa de la Escritura. Cuando esta deja de definir, algo más ocupa necesariamente su lugar. Y ese algo no es neutral. Son las categorías del tiempo presente, las ideologías dominantes, las sensibilidades culturales que, por su propia naturaleza, están en constante cambio. Construir la identidad de la Iglesia sobre ese fundamento es, inevitablemente, construir sobre arena.
Frente a esto, el contraste con Abuja no podría ser más marcado. Allí no se busca asegurar la continuidad mediante estructuras, sino mediante fidelidad. No se trata de preservar una institución, sino de permanecer en la verdad. Y es precisamente esa fidelidad la que, a lo largo de la historia de la Iglesia, ha dado lugar a la única continuidad que realmente importa: la continuidad del Evangelio.
Por eso, la pregunta que se abre no puede ser evitada ni suavizada: ¿queremos un anglicanismo que permanezca reconocible porque mantiene su forma institucional, o uno que permanezca fiel porque mantiene su fundamento doctrinal? No es posible sostener ambas cosas indefinidamente cuando han comenzado a separarse. Tarde o temprano, una de las dos definirá la identidad de la Iglesia. Y la elección no es meramente eclesiástica. Es, en el fondo, una elección teológica sobre qué significa ser Iglesia.
El momento presente exige discernimiento, pero también claridad. No se trata simplemente del futuro de una tradición eclesial, sino del testimonio del Evangelio en un mundo marcado por una confusión moral creciente y una profunda crisis de sentido. En ese contexto, una Iglesia que relativiza su fundamento doctrinal no solo pierde coherencia interna, sino que también pierde su capacidad de ofrecer una palabra que transforme. Una iglesia que necesita redefinirse constantemente para ser aceptada ha dejado, en la práctica, de tener algo propio que decir.
El camino que se ha hecho visible en Abuja apunta en una dirección distinta. No porque prometa soluciones fáciles ni porque represente una tradición sin tensiones internas, sino porque se arraiga en aquello que no cambia: la Palabra de Dios. Una Iglesia anclada en la Escritura no depende de la aprobación cultural para existir. Su autoridad no es prestada por el contexto sino recibida de Dios, y esa diferencia lo cambia todo. Le permite hablar con verdad en medio de la confusión, ofrecer esperanza en medio del desencanto y sostener una identidad clara en medio de la fragmentación. En otras palabras, le permite ser realmente Iglesia, no solo funcionalmente, sino en sentido pleno.
La continuidad verdadera no es institucional, sino doctrinal. No la garantiza la historia, sino la fidelidad. Y allí donde esa fidelidad doctrinal se mantiene, incluso cuando las estructuras cambian o se debilitan, la Iglesia permanece y su testimonio se fortalece. No como reliquia del pasado, sino como voz viva en el presente.
La pregunta, entonces, no es simplemente qué estructura sobrevivirá, sino qué verdad será sostenida. Y en esa respuesta se juega algo más que el futuro del anglicanismo: se juega su capacidad de permanecer como un testimonio fiel, inteligible y esperanzador en el mundo contemporáneo.
Muy bien. Para todos los que sirven a Cristo con obediencia y honor, no hay duda sobre la decisión inevitable en estos tiempos sombríos para la Iglesia, constantemente atacada por los ídolos de este siglo. En relación con este texto, solo quiero citar dos pasajes bíblicos que han conmovido y siguen conmoviendo nuestros pensamientos en este momento: «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican…» Salmo 127; «… Escoged a quién vais a servir… Yo y mi casa serviremos al Señor». Josué 24:15