Zombis de verdad, según la neurociencia

Lo que la ciencia de la conciencia sabe, no sabe, y se pelea por saber

«Cuando ni los propios científicos se ponen de acuerdo en cómo medir la conciencia, cualquier certeza sobre una máquina es, como mínimo, prematura»

A diferencia de la filosofía, que se conforma con experimentos mentales, y del derecho, que resuelve sus problemas con ficciones útiles, la neurociencia de la conciencia intenta algo más ambicioso: medir, con instrumentos y matemáticas, qué hace que un sistema sea consciente. Vale la pena revisar qué tan lejos ha llegado, porque el estado real de esa disciplina es mucho más incierto, y mucho más conflictivo, de lo que la palabra ciencia suele hacer sospechar.

La teoría de la información integrada

En 2004, el neurocientífico Giulio Tononi propuso que la conciencia no depende de qué hace un sistema, sino de cuánta información integra de manera irreducible, una cantidad que llamó phi. Cuanto más alto el valor de phi, más consciente sería el sistema, según esta teoría. Lo notable, para esta serie, es una consecuencia que la propia teoría acepta sin rodeos: dos sistemas que se comporten de manera idéntica podrían tener valores de phi distintos, y por lo tanto uno podría ser consciente y el otro no, aunque actúen exactamente igual. Dicho de otro modo, la teoría de la información integrada no descarta el zombi filosófico de la segunda entrada de esta serie; lo declara, en ciertas condiciones, real y posible, algo que el funcionalismo de Dennett, revisado unas entradas atrás, negaba de plano.

El espacio de trabajo global

La otra gran teoría, desarrollada por Bernard Baars y ampliada después por Stanislas Dehaene, imagina la mente como un teatro: hay muchos procesos ocurriendo en la oscuridad de la sala al mismo tiempo, y la conciencia es, sencillamente, lo que en un momento dado sube al escenario y queda disponible para que la memoria, el lenguaje y la toma de decisiones lo usen. A diferencia de la teoría de la información integrada, que busca una propiedad estructural e intrínseca del sistema, el espacio de trabajo global describe una función, un proceso de acceso y difusión, que en principio podría implementarse en arquitecturas muy distintas entre sí, incluida, sin mucha dificultad, un sistema artificial.

El experimento que debía resolverlo, y no lo resolvió

En junio de 2023, un equipo de investigadores organizó lo que llamó una colaboración adversarial: pidió a los defensores de cada teoría que diseñaran experimentos capaces de poner en aprietos a la teoría rival, y presentó los resultados en la reunión anual de la Asociación para el Estudio Científico de la Conciencia. El resultado no favoreció con claridad a ninguna de las dos: hubo evidencia parcial a favor de cada una, con una inclinación leve hacia la teoría de la información integrada en algunas lecturas, pero ninguna quedó confirmada ni refutada del todo. La ciencia de la conciencia, en su experimento más ambicioso hasta la fecha, terminó en un empate incómodo.

La pelea de septiembre

Lo que vino después fue más revelador que el experimento mismo. La cobertura mediática de esos resultados, que algunos leyeron como una victoria de la teoría de la información integrada, provocó que ciento veinticuatro científicos y filósofos de la conciencia, muchos de ellos figuras reconocidas del campo, firmaran una carta abierta acusando a la teoría de ser pseudociencia, con el argumento de que la teoría en su conjunto no se puede poner a prueba empíricamente. La reacción fue inmediata y dividida: incluso críticos declarados de la teoría, como el filósofo David Chalmers, consideraron desproporcionado el término, comparándolo con usar un arma exagerada para resolver una disputa regional, y el filósofo Tim Bayne señaló que la carta ni siquiera se tomó el trabajo de definir qué entendía por pseudociencia. Meses después de ese episodio, la ciencia de la conciencia seguía exactamente donde estaba antes: sin una teoría ganadora, y ahora, además, con una fractura pública entre sus propios investigadores.

Por qué esto le importa a la inteligencia artificial

Si los especialistas no logran ponerse de acuerdo sobre cómo medir la conciencia en el único sistema del que tenemos certeza de que la posee, el cerebro humano, cualquier afirmación confiada sobre si un sistema artificial la tiene o no debería tratarse con la misma cautela. Pero hay un matiz más específico que vale la pena subrayar: bajo la teoría de la información integrada, un modelo de lenguaje extraordinariamente convincente en la conversación podría tener, según su arquitectura de cómputo, un valor de phi bajísimo, y sería, en los términos exactos de esa teoría, un zombi filosófico confirmado, sin que su fluidez verbal dijera nada en contra de ese diagnóstico. La ciencia, en su versión más rigurosa disponible hoy, no cierra la pregunta que esta serie ha sostenido desde el principio; la formaliza con matemáticas.

La perspectiva cristiana

Ante un desacuerdo científico de esta profundidad y esta duración, la actitud cristiana más honesta no es tomar partido por una teoría para defender la fe, ni descartar la neurociencia como irrelevante, sino algo más modesto: reconocer que la doctrina de la imagen de Dios, en Génesis 1:27, nunca fue propuesta como una hipótesis que compitiera con la teoría de la información integrada o con el espacio de trabajo global dentro de un laboratorio. Es una afirmación revelada sobre el origen y la naturaleza de la dignidad humana, no una medida de phi ni un patrón de actividad neuronal, y por eso ni la sostiene ni la amenaza el resultado de ningún experimento futuro. Lo que sí debería preocupar a cualquiera, creyente o no, es la tentación de citar la neurociencia como si ya hubiera zanjado, en un sentido o en otro, la pregunta sobre la inteligencia artificial, cuando la disciplina misma, en su disputa más pública y reciente, demostró que ni siquiera se ha zanjado a sí misma.

Conclusión

La neurociencia de la conciencia no le ha dado al problema de esta serie una solución que la filosofía y la ficción no pudieran ofrecer; le ha dado, en cambio, algo distinto y quizás más valioso: la confirmación, con instrumentos y matemáticas, de que la distancia entre comportamiento y experiencia no es solo un truco de la imaginación filosófica. Es, según al menos una de las teorías más serias del campo, una posibilidad estructural real, y nadie, ni siquiera los propios especialistas, ha logrado todavía medirla con la certeza que este debate necesitaría para cerrarse.

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *