¿Cuál es realmente el centro de la novena de Sarah Mullally?

Una lectura teológica de Dios con nosotros y su comprensión práctica de la obra del Espíritu Santo

«Cristo no tiene ahora en la tierra más cuerpo que el tuyo».
Teresa de Ávila

Tercer ensayo que analiza la novena de Sarah Mullally

Existen documentos cristianos que requieren una lectura muy cuidadosa. No porque abandonen explícitamente el lenguaje cristiano tradicional, sino porque organizan la experiencia de la fe alrededor de un eje distinto. La novena Dios con nosotros, escrita por Sarah Mullally para Thy Kingdom Come, pertenece precisamente a esta segunda categoría.

A primera vista, el documento parece completamente reconocible dentro del cristianismo histórico. Habla constantemente del Espíritu Santo, de oración, de gracia, de servicio, de humildad y de evangelización. Está lleno de referencias bíblicas y posee un tono pastoral cálido, cercano y espiritualmente sensible. Sin embargo, una lectura más detenida comienza a revelar algo importante: el centro práctico y emocional de la novena no parece ser principalmente la proclamación apostólica del Evangelio, sino una espiritualidad de presencia, acompañamiento, escucha y mediación humana del amor de Dios.

Esto aparece desde la introducción misma. Mullally afirma que la oración no consiste solamente en pedirle a Dios que cambie el mundo, sino también en pedirle que nos cambie a nosotros. Poco después agrega que Dios desea transformarnos en personas que realicen los cambios que queremos ver en el mundo.

El énfasis resulta significativo. El centro del discurso no recae sobre la obra objetiva de Cristo en la historia de la salvación, sino sobre la transformación del creyente en instrumento de cambio, acompañamiento y presencia para otros. Esa lógica se vuelve todavía más evidente cuando la autora describe el propósito de la novena como el deseo de convertirse en «ese punto de encuentro entre nuestros “Cinco” y el amor de Dios». La imagen dominante ya no es la proclamación pública del Evangelio, sino la mediación relacional de la cercanía divina a través de nosotros mismos.

Por eso la cita atribuida a Teresa de Ávila ocupa un lugar tan central dentro de la introducción. «Cristo no tiene ahora en la tierra más cuerpo que el tuyo», declara el texto. Esa frase funciona prácticamente como clave interpretativa de toda la novena. La preocupación principal del documento no parece ser tanto anunciar lo que Cristo hizo por los pecadores, sino formar creyentes capaces de encarnar visiblemente el amor, la gracia y la presencia de Dios para otros seres humanos.

Ese mismo patrón se repite a lo largo de toda la obra. El Espíritu Santo aparece constantemente relacionado con la escucha, el acompañamiento, la cercanía humana, el consuelo y la transformación interior. La espiritualidad que emerge de la novena es profundamente relacional y afectiva. Dios actúa a través de la presencia humana, especialmente en contextos de sufrimiento, fragilidad o soledad.

Esto se observa con claridad en la reflexión sobre Génesis 1 y el Espíritu moviéndose sobre las aguas. Allí Mullally recuerda su experiencia como enfermera en cuidados paliativos y afirma que las personas, muchas veces, no pedían soluciones, sino simplemente que alguien estuviera presente junto a ellas. La conclusión espiritual del pasaje no gira alrededor de la proclamación del Evangelio ni de la reconciliación con Dios, sino de la importancia de acompañar humanamente a quienes atraviesan oscuridad y dolor. «Dios actúa a través de nosotros», escribe la autora.

Algo semejante ocurre en la sección dedicada a Rut y Noemí. Allí la gracia aparece descrita fundamentalmente como compromiso relacional e incondicional. Mullally presenta la fidelidad de Rut como reflejo del amor de Dios y concluye definiendo la gracia como «un favor inmerecido e incondicional». El énfasis recae sobre la permanencia junto al otro, el compromiso con su bienestar y la capacidad de sostener relacionalmente a quienes sufren. Nuevamente, el centro práctico de la espiritualidad aparece configurado alrededor de la presencia amorosa más que de categorías clásicas como culpa, expiación o justificación.

La comprensión de la vida espiritual como experiencia de escucha interior aparece con especial claridad en la reflexión sobre Samuel. Allí la autora describe la oración mediante la metáfora de una «frecuencia de radio» que cada creyente debe aprender a sintonizar para escuchar la voz de Dios. Más adelante afirma que la vida espiritual consiste en desarrollar ritmos y espacios que permitan a Dios hablar y al alma escuchar. El centro de la experiencia cristiana comienza entonces a desplazarse hacia la percepción interior, el discernimiento subjetivo y la sensibilidad espiritual personal.

La misma dinámica aparece en la reflexión sobre Elías y el «suave murmullo». Allí Mullally sugiere que ciertas preguntas persistentes que vuelven constantemente a nuestra conciencia podrían ser precisamente la voz del Espíritu Santo guiándonos. La vida espiritual aparece nuevamente organizada alrededor de la escucha interior y del reconocimiento de movimientos subjetivos de conciencia.

Incluso cuando la novena aborda directamente el evangelismo, el centro práctico del discurso continúa siendo profundamente relacional. En la reflexión sobre Felipe y el eunuco etíope, la autora afirma que «no podemos hablar de Dios si no estamos en la conversación». Poco después agrega que el Espíritu Santo no entrega instrucciones complejas, sino simplemente impulsa a iniciar conversaciones. El énfasis ya no recae prioritariamente sobre el contenido doctrinal del Evangelio anunciado por Felipe, sino sobre la disposición a acercarse, conversar y acompañar.

Todo esto permite identificar con relativa claridad cuál es el verdadero centro de gravedad espiritual de la novena. El documento no parece estructurarse principalmente alrededor del pecado humano, del arrepentimiento, del juicio divino, de la expiación o de la reconciliación con Dios mediante la cruz de Cristo. En cambio, organiza la vida espiritual alrededor de la presencia, la escucha, el acompañamiento, la cercanía humana, el servicio y la transformación interior producida por el Espíritu Santo.

Esto se vuelve todavía más evidente cuando se observan las ausencias del texto. Aunque la novena gira en torno a Pentecostés, la obra del Espíritu Santo y la evangelización; el arrepentimiento prácticamente desaparece de su vocabulario espiritual. El pecado casi nunca es mencionado explícitamente y solo aparece de manera indirecta o tangencial. Tampoco encontramos una reflexión desarrollada sobre culpa delante de Dios, juicio divino o conversión entendida como abandono del pecado y nueva obediencia a Cristo.

Algo parecido ocurre con la cruz. Cuando aparece mencionada, lo hace principalmente como ejemplo supremo de humildad y servicio. Mullally afirma que «la humildad está en el núcleo mismo de su soberanía». Sin embargo, la cruz nunca ocupa explícitamente el lugar central de expiación del pecado y reconciliación del ser humano con Dios.

Todo esto vuelve la novena profundamente inquietante. No porque abandone el lenguaje cristiano tradicional, sino precisamente porque lo conserva. El documento habla del Espíritu Santo, de gracia, de oración, de misión y de Cristo. Utiliza imágenes bíblicas, sensibilidad pastoral y vocabulario espiritual reconocible. Pero, al observar cuidadosamente aquello que ocupa el centro práctico de la espiritualidad propuesta, comienza a aparecer otra realidad: el Evangelio apostólico deja progresivamente de estructurar el corazón del mensaje.

El pecado casi desaparece. El arrepentimiento no ocupa un lugar visible. La culpa delante de Dios no constituye la crisis central del ser humano. La cruz deja de aparecer prioritariamente como expiación y reconciliación. El juicio prácticamente no existe. En cambio, la espiritualidad se reorganiza alrededor de presencia, escucha, acompañamiento, contención emocional y mediación humana del amor divino.

El resultado es un cristianismo que conserva gran parte de su forma externa mientras desplaza silenciosamente su centro teológico. Y precisamente allí reside el verdadero peligro del documento. Porque el problema no es simplemente aquello que dice, sino aquello que deja progresivamente de proclamar.

La Iglesia cristiana no nació simplemente para acompañar espiritualmente al mundo ni para ofrecer experiencias de acogida emocional. Nació proclamando públicamente que Jesucristo murió por pecadores, resucitó de entre los muertos y llama a todos los hombres al arrepentimiento y a la fe. Cuando ese centro deja de ocupar el lugar principal, el cristianismo puede seguir utilizando el mismo lenguaje religioso y, sin embargo, comenzar lentamente a anunciar otro evangelio.

Y esa posibilidad debería inquietar profundamente a la Iglesia.

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

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