El kerigma apostólico frente a la espiritualidad de la novena de Sarah Mullally
«Arrepiéntanse y conviértanse, para que sus pecados sean borrados».
Hechos 3:19
Este es el segundo ensayo que analiza “Dios con nosotros”, la novena de Sarah Mullally
El problema más profundo de ciertos desarrollos contemporáneos dentro del cristianismo occidental no consiste necesariamente en una negación frontal de las doctrinas históricas de la fe. Con frecuencia, el lenguaje cristiano permanece intacto. Se sigue hablando del Espíritu Santo, de oración, de gracia, de misión y de Jesucristo. Las referencias bíblicas continúan presentes y el tono suele ser cálido, pastoral y espiritualmente sensible. Precisamente por eso el fenómeno resulta más difícil de discernir. La pregunta verdaderamente decisiva no es simplemente si un documento utiliza vocabulario cristiano, sino qué ocupa efectivamente el lugar central dentro de su espiritualidad. ¿Qué Evangelio aparece realmente proclamado cuando todas las piezas se observan juntas? ¿Cuál es el núcleo práctico del mensaje? ¿Qué entiende finalmente el lector como la necesidad principal del ser humano y como la respuesta central de Dios?
La novena Dios con nosotros, escrita por Sarah Mullally para Thy Kingdom Come, ofrece un ejemplo particularmente revelador de esta tensión. A lo largo del documento, el centro práctico de la espiritualidad aparece organizado alrededor de la presencia, el acompañamiento, la escucha, la gracia relacional, la cercanía humana y la transformación interior. El Espíritu Santo es presentado principalmente como presencia consoladora y fuerza de acompañamiento en medio de la fragilidad humana. La evangelización aparece descrita sobre todo en términos de conversación, cercanía y mediación humana del amor divino. Mullally afirma que Dios desea transformarnos en personas que realicen «los cambios que queremos ver en el mundo». Más adelante declara que debemos convertirnos en «ese punto de encuentro entre nuestros “Cinco” y el amor de Dios». La famosa cita atribuida a Teresa de Ávila, «Cristo no tiene ahora en la tierra más cuerpo que el tuyo», termina funcionando prácticamente como eje simbólico de toda la novena. La preocupación dominante del documento no parece ser principalmente cómo anunciar el perdón de los pecados mediante Cristo crucificado y resucitado, sino cómo convertirse en presencia acogedora, humilde y compasiva para otros seres humanos.
Y ahí surge inevitablemente una pregunta mucho más profunda: ¿es ese realmente el centro del kerigma apostólico? Porque cuando uno vuelve al libro de los Hechos, el contraste resulta extraordinariamente evidente. El cristianismo apostólico aparece desde sus primeros días como proclamación pública de acontecimientos objetivos y confrontacionales. El centro de la predicación no es principalmente la experiencia interior del creyente ni la mediación humana de acompañamiento espiritual. El centro es Jesucristo crucificado y resucitado. Pedro proclama en Pentecostés: «Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Cristo». El kerigma apostólico posee un contenido extraordinariamente concreto. Habla del pecado humano, de la culpabilidad delante de Dios, de la muerte de Cristo, de la resurrección, del juicio y del arrepentimiento. Pedro no ofrece simplemente contención espiritual a sus oyentes. Los confronta: «Ustedes lo clavaron en una cruz». Esteban declara: «Ustedes resisten siempre al Espíritu Santo». Pablo proclama en Atenas: «Dios declara ahora a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan».
El kerigma apostólico no gira principalmente alrededor de acompañamiento emocional ni de mediación humana de presencia espiritual. Gira alrededor de una intervención decisiva de Dios en la historia mediante Jesucristo. Y precisamente por eso el arrepentimiento ocupa un lugar tan central en Hechos. Pedro proclama: «Arrepiéntanse y sean bautizados». Y nuevamente: «Arrepiéntanse y conviértanse, para que sus pecados sean borrados». El Evangelio apostólico no aparece como simple invitación a experimentar acogida espiritual. Aparece como confrontación con la realidad del pecado y llamado urgente a reconciliarse con Dios. El ser humano no es presentado principalmente como alguien herido que necesita acompañamiento, sino como pecador que necesita reconciliación con el Dios vivo mediante Jesucristo.
Eso vuelve particularmente significativa la lectura de la novena de Mullally. Porque aunque el documento gira alrededor de Pentecostés, la evangelización y la obra del Espíritu Santo, el arrepentimiento prácticamente desaparece de su vocabulario espiritual. El pecado apenas aparece mencionado y nunca ocupa el lugar de crisis central del ser humano. La culpa delante de Dios no estructura la espiritualidad del texto. El juicio prácticamente no existe. La cruz nunca es presentada prioritariamente como expiación del pecado y reconciliación objetiva con Dios. En cambio, el lenguaje dominante gira persistentemente alrededor de presencia, escucha, acompañamiento, conversación, servicio, apoyo emocional y conexión humana.
Esto no significa que esas realidades sean falsas o anticristianas en sí mismas. El cristianismo histórico siempre ha valorado profundamente la misericordia, la compasión y el cuidado del prójimo. El problema aparece cuando esas dimensiones comienzan a ocupar el lugar estructural que antes pertenecía al kerigma apostólico. Porque el resultado final ya no es simplemente una diferencia de énfasis pastoral. Es una reorganización silenciosa del centro mismo de la vida cristiana. En el libro de los Hechos, la gran necesidad humana es reconciliarse con Dios mediante Cristo. En la novena de Mullally, la necesidad principal parece ser acompañar y sostener la vulnerabilidad humana mediante presencia relacional y cercanía espiritual. En Hechos, el Espíritu Santo aparece proclamando a Cristo crucificado y resucitado, convenciendo de pecado y llamando al arrepentimiento. En la novena, el Espíritu aparece principalmente como fuerza de escucha, acompañamiento, consuelo y transformación interior. En Hechos, la Iglesia nace como comunidad proclamadora. En la novena, la Iglesia aparece principalmente como comunidad acompañante.
Y precisamente allí emerge una de las cuestiones más inquietantes del cristianismo liberal occidental contemporáneo. Ya no necesita negar abiertamente las doctrinas históricas de la fe. Puede conservar gran parte de su lenguaje tradicional mientras desplaza progresivamente aquello que ocupa el centro práctico del cristianismo. Ese desplazamiento resulta particularmente peligroso porque mantiene apariencia cristiana. El lenguaje permanece. Las referencias bíblicas permanecen. La sensibilidad espiritual permanece. Pero el Evangelio comienza lentamente a reorganizarse alrededor de otro núcleo. Lo que desaparece no es necesariamente el vocabulario cristiano, sino el carácter confrontacional del kerigma apostólico. El pecado deja de ocupar el lugar central. El arrepentimiento comienza a desvanecerse. La reconciliación con Dios pierde prioridad frente a la necesidad de acompañamiento emocional. El cristianismo empieza entonces a transformarse lentamente en una espiritualidad terapéutica y relacional, donde la misión principal de la Iglesia ya no consiste en proclamar la obra redentora de Cristo, sino en convertirse en espacio de acogida, validación y contención humana.
Y entonces la pregunta inevitable vuelve a aparecer: ¿qué Evangelio estamos proclamando? ¿El Evangelio apostólico del libro de los Hechos, centrado en Cristo crucificado y resucitado, en el pecado humano, el arrepentimiento y el perdón? ¿O una espiritualidad donde el objetivo principal consiste en acompañar, escuchar, sostener y contener emocionalmente al ser humano? Porque ambos producen formas profundamente distintas de cristianismo. Uno proclama que Dios ha actuado decisivamente en Jesucristo para salvar pecadores y reconciliar consigo a un mundo caído. El otro corre el riesgo de reducir progresivamente el cristianismo a una espiritualidad de presencia acogedora y acompañamiento humano. Y precisamente allí reside el problema más profundo de la novena de Sarah Mullally. No en aquello que niega explícitamente, sino en aquello que deja progresivamente de ocupar el lugar central. Porque la Iglesia no fue enviada al mundo simplemente para acompañarlo espiritualmente. Fue enviada a proclamar el Evangelio de Jesucristo.