Cuando el lenguaje permanece, pero el centro se desplaza

Una reflexión crítica sobre la novena «Dios con nosotros» de Sarah Mullally

«Antes bien, examínenlo todo cuidadosamente, retengan lo bueno» 1 Tesalonicenses 5:21

Cuarto ensayo sobre la novena de Sarah Mullally

El documento devocional «Dios con nosotros», escrito por Sarah Mullally para la iniciativa «Thy Kingdom Come», representa muy bien una de las tensiones más profundas del cristianismo occidental contemporáneo. No estamos ante un texto abiertamente hostil al cristianismo histórico. Tampoco ante un manifiesto secularizante ni una negación explícita del Evangelio. Por el contrario, estamos frente a un material profundamente pastoral en apariencia, lleno de lenguaje bíblico, sensibilidad humana, referencias al Espíritu Santo, llamados a la oración y exhortaciones al servicio cristiano.

Y precisamente por eso merece atención seria.

Porque los movimientos más influyentes dentro del cristianismo occidental contemporáneo no suelen destruir el lenguaje cristiano; más bien, lo conservan al mismo tiempo que desplazan lentamente su contenido y centro de gravedad. Mantienen las palabras tradicionales, pero las reorganizan alrededor de nuevas sensibilidades teológicas y culturales.

Ese es el verdadero desafío que plantea este documento.

El texto posee fortalezas reales que deben reconocerse honestamente. Sería injusto evaluarlo caricaturescamente o negar sus elementos positivos. Sarah Mullally escribe con evidente deseo pastoral. Hay en sus reflexiones una sensibilidad genuina hacia el sufrimiento humano, la fragilidad, la soledad y la desesperanza. Su experiencia como enfermera y su contacto con cuidados paliativos aparecen repetidamente como trasfondo emocional del material.

Eso otorga al texto una cercanía humana que muchos escritos doctrinales contemporáneos han perdido. No se percibe frialdad ni distancia académica. El lector siente que está siendo acompañado más que instruido. El documento sabe hablar al cansancio emocional de las personas modernas, especialmente en un contexto cultural marcado por ansiedad, aislamiento y agotamiento espiritual.

También debe reconocerse que el texto intenta movilizar a los creyentes hacia una preocupación evangelística concreta. El énfasis en orar por «cinco personas» que aún no conocen a Cristo busca despertar responsabilidad espiritual y misión personal. En tiempos donde muchas iglesias occidentales han abandonado incluso el lenguaje de evangelización, eso no es menor.

Además, el documento está literariamente bien construido. Utiliza relatos bíblicos conocidos, imágenes pastorales efectivas y aplicaciones emocionales accesibles. Su tono es cálido, meditativo y reflexivo. No intenta imponerse agresivamente. Seduce espiritualmente mediante la empatía y la contemplación.

Y ahí comienza precisamente el problema.

Lo más peligroso de este material no es lo que niega explícitamente, sino lo que desplaza silenciosamente.

A medida que el documento avanza, el Evangelio comienza a reducirse progresivamente a presencia, acompañamiento, escucha, servicio, cuidado y experiencia relacional. Cristo aparece principalmente como modelo de cercanía y humildad, más que como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El Espíritu Santo aparece más como presencia consoladora y fuerza de movilización emocional que como aquel que convence al mundo de pecado, justicia y juicio.

Resulta significativo que, a lo largo del documento, el Espíritu Santo aparezca principalmente asociado al acompañamiento, la escucha, la presencia y el fortalecimiento emocional, mientras que su relación con la verdad doctrinal revelada ocupa un lugar mucho menos visible. En el Evangelio de Juan, sin embargo, Jesús declara que el Espíritu glorificará a Cristo, recordará sus palabras y guiará a los discípulos hacia la verdad (Juan 14:26; 16:13-14). En el Nuevo Testamento, el ministerio del Espíritu no puede separarse de la preservación y proclamación de la revelación apostólica.

En esta novena, en cambio, el énfasis recae progresivamente en cómo el creyente se siente acompañado, escuchado, fortalecido o afirmado interiormente. La fe comienza a presentarse menos como confrontación con la verdad santa de Dios y más como una experiencia de contención emocional y acompañamiento espiritual. Poco a poco, el cristianismo corre el riesgo de convertirse principalmente en un espacio de bienestar interior, donde la necesidad más profunda del ser humano ya no parece ser el perdón del pecado y la reconciliación con Dios, sino sentirse comprendido, sostenido y validado.

El arrepentimiento desaparece casi por completo. Esto resulta especialmente significativo si se considera el tema mismo de la novena. El documento gira en torno a la Ascensión, Pentecostés, la obra del Espíritu Santo, la evangelización y el llamado a acercar a otros a Cristo. Sin embargo, conceptos centrales en la predicación apostólica del Nuevo Testamento aparecen ausentes o apenas insinuados. El arrepentimiento no estructura el vocabulario espiritual del texto. El pecado casi nunca es nombrado explícitamente y solo aparece de manera indirecta o tangencial. No hay una reflexión clara sobre la culpa humana delante de Dios, sobre el juicio divino ni sobre la conversión entendida como abandono del pecado y nueva obediencia a Cristo.

Del mismo modo, la cruz nunca es presentada prioritariamente como expiación por el pecado ni como el lugar donde Dios reconcilia consigo mismo a una humanidad caída. En cambio, el lenguaje dominante del documento gira persistentemente alrededor de categorías como acompañamiento, escucha, presencia, servicio, conexión humana, apoyo emocional y contención espiritual. Ninguna de estas realidades es incorrecta en sí misma. El problema aparece cuando comienzan a ocupar el lugar central que antes correspondía al pecado, la redención, el arrepentimiento y la reconciliación con Dios.

Esto no demuestra una negación frontal del Evangelio, sino algo más sutil y, por eso mismo, más difícil de discernir: una selección teológica que conserva las formas amables del lenguaje cristiano mientras deja en la periferia sus contenidos más confrontacionales. Allí se hace visible una de las características más profundas del cristianismo liberal occidental contemporáneo: no necesita negar abiertamente las doctrinas históricas de la fe para vaciarlas progresivamente de centralidad práctica. Basta con dejar de hablar de ellas, desplazarlas hacia el margen y reorganizar la vida espiritual alrededor de sensibilidades más aceptables para la cultura contemporánea.

Incluso cuando el documento habla de gracia, el énfasis recae principalmente en aceptación, permanencia relacional y cuidado incondicional. La gracia deja de aparecer prioritariamente como el acto soberano mediante el cual Dios justifica al impío por medio de Cristo, y pasa a percibirse más como acompañamiento compasivo en medio de la vulnerabilidad humana.

Eso modifica progresivamente aquello que comienza a ocupar el centro práctico de la vida cristiana.

El cristianismo bíblico ciertamente incluye compasión, acompañamiento y servicio. Pero esas realidades fluyen desde una verdad más profunda: que el ser humano está perdido en pecado y necesita reconciliación con Dios mediante Jesucristo. Cuando ese centro se debilita, el cristianismo lentamente se convierte en una espiritualidad de bienestar relacional.

Otro aspecto especialmente delicado es la manera en que el documento entiende la acción del Espíritu Santo. El texto insiste constantemente en «escuchar» al Espíritu, percibir sus susurros, reconocer llamados interiores y responder a impulsos espirituales personales. Por supuesto, la tradición cristiana siempre ha reconocido la dirección del Espíritu. El problema no radica en la existencia de una vida devocional profunda ni en la realidad de la guía espiritual, sino en el modo en que el documento parece reorganizar funcionalmente la relación entre Escritura, experiencia y discernimiento.

Esto puede observarse en varios momentos del documento. En la reflexión sobre Samuel, por ejemplo, el énfasis deja de recaer principalmente en la revelación objetiva de Dios para desplazarse hacia la experiencia subjetiva de «escuchar» correctamente al Espíritu. El texto afirma: «Todos tenemos nuestras formas de sintonizar esa “frecuencia de radio” que nos funciona y nos permite escuchar la palabra de Dios».  Y luego: «Para mí, es un lugar en mi casa al que voy cada mañana para orar, estudiar la Biblia, hacer la Oración Matutina, mis devocionales o simplemente estar en quietud».

El problema no está en la práctica devocional en sí misma, ni en la importancia de la oración o la quietud espiritual. El problema aparece cuando el centro funcional del relato bíblico deja de ser la revelación soberana de Dios y pasa a convertirse en una búsqueda de «sintonización» interior. La metáfora de la «frecuencia de radio» resulta particularmente reveladora, porque sugiere que la clave principal de la vida espiritual consiste en aprender a percibir experiencias interiores personales.

Algo semejante ocurre en la reflexión sobre Elías y el «suave murmullo». Allí el documento pregunta: «¿Cuál es esa pregunta que cada uno de nosotros tiene que responder una y otra vez?» Y luego añade: «Porque, si la pregunta sigue volviendo, ¡sabemos que Dios tendrá una razón!».

Aquí el criterio de discernimiento comienza a trasladarse hacia la persistencia psicológica de una impresión interior. La implicancia práctica es significativa: una experiencia subjetiva repetida empieza a adquirir autoridad espiritual funcional. Sin embargo, en la tradición bíblica clásica, el criterio normativo nunca es simplemente la intensidad o recurrencia de una experiencia interior, sino la revelación objetiva de Dios en su Palabra.

Algo similar puede observarse en la reflexión sobre Felipe y el eunuco etíope. Aunque el relato de Hechos 8 culmina con Felipe anunciando objetivamente a Cristo desde las Escrituras, el énfasis de la novena recae principalmente en el acto relacional de «iniciar la conversación». El centro práctico ya no parece ser prioritariamente el contenido doctrinal del Evangelio, sino la experiencia humana del acercamiento, la conversación y la conexión interpersonal. Ninguno de estos elementos constituye por sí solo una negación explícita de la autoridad bíblica. El problema aparece acumulativamente. Poco a poco, la Escritura comienza a funcionar más como catalizador de experiencias espirituales subjetivas que como revelación objetiva, suficiente y normativamente vinculante para la fe y la vida de la Iglesia.

Eso tiene consecuencias enormes.

Porque una espiritualidad centrada en «lo que siento que el Espíritu me está diciendo» puede terminar justificando prácticamente cualquier revisión doctrinal, especialmente cuando las sensibilidades culturales contemporáneas presionan sobre temas éticos complejos.

Y allí emerge inevitablemente la gran tensión de fondo que rodea este documento. Sarah Mullally ha estado asociada al proceso «Living in Love and Faith», mediante el cual la Iglesia de Inglaterra abrió espacio para bendiciones de uniones homosexuales, apartándose de la comprensión histórica cristiana de la sexualidad. Esa realidad cambia necesariamente la lectura de esta novena.

Porque el documento habla constantemente de obedecer la voz del Espíritu, dejarse transformar, escuchar el llamado de Dios y actuar conforme a su guía. Pero surge inevitablemente la pregunta: ¿cómo se discierne esa voz?

El Nuevo Testamento enseña que el Espíritu Santo jamás contradice la Palabra inspirada por Él mismo. Sin embargo, en gran parte del cristianismo occidental contemporáneo se observa precisamente el fenómeno contrario: la experiencia espiritual subjetiva comienza a reinterpretar o relativizar el testimonio bíblico histórico.

Y entonces aparece una profunda incoherencia eclesial. Cuando la Escritura confronta las sensibilidades culturales contemporáneas, su autoridad se vuelve flexible. Pero cuando se habla de espiritualidad, oración, acompañamiento o misión, el lenguaje pneumatológico reaparece con enorme intensidad emocional.

Eso es precisamente lo que vuelve tan persuasivo este tipo de material. No parece una negación del cristianismo. Suena cristiano. Se siente cristiano. Habla del Espíritu Santo, de Cristo, de oración, de humildad y de misión. Y muchos de sus elementos son genuinamente cristianos. Ese es precisamente uno de los rasgos más complejos y peligrosos del liberalismo cristiano occidental contemporáneo. A diferencia del liberalismo teológico clásico, que muchas veces negaba abiertamente milagros, resurrección, inspiración bíblica o doctrinas fundamentales de la fe, las formas actuales suelen operar de manera mucho más sutil. No abandonan necesariamente el lenguaje cristiano tradicional ni atacan frontalmente los elementos esenciales del cristianismo histórico. Más bien, los desplazan progresivamente hacia la periferia mientras reorganizan la vida espiritual alrededor de nuevos ejes: la experiencia emocional, el acompañamiento pastoral, la validación personal, la inclusión relacional o el bienestar interior.

El resultado es un cristianismo que puede conservar gran parte de su vocabulario histórico y, aun así, alterar silenciosamente aquello que antes ocupaba el lugar central. La cruz, el pecado, el arrepentimiento, la santidad de Dios, la autoridad normativa de la Escritura y la necesidad de reconciliación con Dios no son necesariamente negados de forma explícita; simplemente dejan de estructurar la vida espiritual cotidiana. La fe comienza entonces a presentarse principalmente como una experiencia de acogida, contención y acompañamiento humano, más que como la proclamación transformadora del Evangelio de Jesucristo.

Así, el centro se ha desplazado. Esto se observa también en la insistencia del documento sobre la transformación del mundo a través de nosotros mismos. Aunque existe una verdad parcial en ello, el riesgo es transformar al creyente en el eje funcional de la acción divina. Poco a poco, la obra objetiva de Dios da paso a una espiritualidad activista y antropocéntrica.

La utilización de la conocida cita atribuida a Teresa de Ávila es especialmente significativa. Allí se enfatiza que nosotros somos ahora las manos, pies y ojos de Cristo en la tierra. Como metáfora del servicio cristiano puede ser válida. Pero sin suficiente equilibrio doctrinal, el resultado puede ser una visión donde Cristo queda reducido funcionalmente a nuestra acción humana y a nuestra presencia compasiva. En otras palabras, la trascendencia objetiva de Dios comienza lentamente a diluirse en una espiritualidad de acompañamiento humano.

El fenómeno resulta especialmente complejo porque no suele presentarse como una negación abierta del cristianismo histórico. Se expresa mediante un lenguaje pastoral, relacional y espiritualmente cálido y sensible, conservando gran parte del vocabulario cristiano tradicional mientras reorganiza silenciosamente sus prioridades prácticas y doctrinales. No destruye el lenguaje cristiano; lo resignifica desde dentro. No destruye el lenguaje cristiano.

Por eso el problema de este tipo de espiritualidad no es simplemente doctrinal. Es también antropológico y cultural. Refleja perfectamente una civilización occidental contemporánea profundamente terapéutica, donde el mayor mal ya no es el pecado sino el sufrimiento emocional, y donde la salvación comienza a identificarse más con contención afectiva que con reconciliación con Dios.

En ese contexto, el Espíritu Santo deja de aparecer prioritariamente como aquel que santifica, convence de pecado y glorifica a Cristo, para convertirse gradualmente en una presencia orientada principalmente al consuelo psicológico, la afirmación personal y el alivio emocional.

Y, sin embargo, precisamente porque el documento contiene elementos cristianos reales, no debe ser descartado superficialmente. Su sensibilidad pastoral, su preocupación por el sufrimiento humano y su deseo de movilizar a los creyentes hacia el servicio revelan anhelos legítimos.

El verdadero desafío consiste en recuperar esas dimensiones sin perder el centro del Evangelio. Porque el cristianismo histórico jamás separó verdad y compasión. Jamás opuso doctrina y misericordia. Jamás enfrentó santidad y amor. Cristo no vino solamente a acompañar al ser humano en su oscuridad. Vino a salvarlo de ella.

Y el Espíritu Santo no fue dado únicamente para hacernos sentir acompañados, sino para unirnos verdaderamente a Cristo, transformarnos conforme a su verdad y conducirnos a la obediencia del Evangelio revelado en las Escrituras.

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *