Cuando la Iglesia comienza a editar a Dios

La tentación contemporánea de escoger qué parte de la Escritura seguirá teniendo autoridad

«vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oídos, conforme a sus propios deseos, acumularán para sí maestros»
2 Timoteo 4:3

Quinto ensayo que analiza la novena de Sarah Mullally

Vivimos en una cultura profundamente marcada por la lógica del consumo. El hombre contemporáneo ha sido entrenado para escoger. Escoge qué mirar, qué escuchar, qué comprar, qué creer y hasta qué identidad adoptar. Todo parece organizado alrededor de las preferencias individuales. El mundo moderno no recibe; selecciona.

No sorprende, entonces, que esa misma lógica haya comenzado a penetrar también la relación de muchos cristianos con la Escritura.

Existe hoy una ambivalencia inquietante frente a la Palabra de Dios dentro de ciertos sectores del cristianismo contemporáneo. Por un lado, se afirma con fuerza que la Biblia es inspirada, que el Espíritu Santo continúa obrando y que la Iglesia debe permanecer abierta a la experiencia espiritual, al discernimiento y a la renovación interior. Se producen reflexiones devocionales, novenas, materiales litúrgicos y meditaciones pastorales acerca de Pentecostés, la oración y la vida espiritual. El lenguaje de la fe permanece presente. El lenguaje del Espíritu también.

Pero, por otro lado, cuando la Escritura aborda materias relacionadas con sexualidad humana, matrimonio, santidad o límites morales, la actitud cambia de manera notoria. Lo que antes era tratado como autoridad divina pasa a ser reinterpretado bajo categorías culturales, psicológicas o históricas. La claridad bíblica parece desvanecerse precisamente en aquellos lugares donde la enseñanza cristiana entra en conflicto con la sensibilidad moral contemporánea.

Y entonces aparece una pregunta inevitable: si la Biblia es verdaderamente Palabra de Dios, ¿con qué autoridad el ser humano decide qué partes continúan siendo normativas y cuáles deben quedar atrás?

El problema no es simplemente exegético. La historia de la Iglesia siempre ha conocido diferencias interpretativas legítimas. El problema más profundo es espiritual y cultural. Tiene que ver con la transformación silenciosa del creyente en consumidor religioso.

La imagen es sencilla.

Cuando alguien entra a un supermercado y se detiene frente a las frutas, escoge las que desea llevar. Observa las manzanas, revisa las paltas, deja algunas y conserva otras. Nadie considera eso incorrecto. El consumidor ejerce soberanía sobre el producto. Él determina qué merece permanecer en su canasto y qué será descartado.

Pero precisamente ahí aparece el peligro cuando esa lógica se traslada a la Escritura.

Muchos parecen acercarse hoy a la Biblia como quien recorre un pasillo espiritual seleccionando aquello que resulta emocionalmente satisfactorio o culturalmente aceptable. Los textos acerca del amor, la misericordia, la acogida y la compasión son conservados con entusiasmo. Y ciertamente forman parte esencial del Evangelio. Pero otros pasajes, especialmente aquellos relacionados con el orden moral de la vida humana (que también son esenciales), son tratados de manera completamente distinta. Ya no se reciben como revelación divina que corrige al creyente, sino como materiales susceptibles de revisión, adaptación o neutralización.

Así, lentamente, la autoridad final deja de residir en la Palabra de Dios y comienza a trasladarse al yo contemporáneo.

Esta tensión se vuelve particularmente visible cuando figuras eclesiales capaces de producir materiales devocionales profundos acerca del Espíritu Santo, Pentecostés o la oración, simultáneamente apoyan decisiones que contradicen la comprensión histórica de la sexualidad cristiana sostenida por la Iglesia durante siglos.

El caso de Sarah Mullally ilustra precisamente esa tensión. Por un lado, participa de una espiritualidad profundamente eclesial, litúrgica y devocional. Puede escribir reflexiones para el período entre Ascensión y Pentecostés, hablar sobre discernimiento espiritual y llamar a la Iglesia a abrirse a la acción del Espíritu Santo. Pero, por otro lado, aparece vinculada al proceso de legitimación de bendiciones para uniones homosexuales dentro del contexto de Living in Love and Faith.

El punto aquí no es reducir el debate a una crítica personal. El problema es más profundo que una sola persona. Lo que genera inquietud es la aparente coexistencia de dos principios difíciles de reconciliar entre sí: una alta sensibilidad espiritual respecto de ciertos aspectos de la fe cristiana y, simultáneamente, una disposición a relativizar enseñanzas bíblicas históricas cuando estas chocan con la sensibilidad cultural contemporánea.

Porque el cristianismo histórico jamás entendió que el Espíritu Santo contradijera aquello que él mismo inspiró en las Escrituras.

El Espíritu no anula la Palabra. La ilumina. El Espíritu no corrige moralmente la revelación divina. La aplica al corazón humano. El Espíritu no libera al creyente de la obediencia. Lo conduce hacia ella.

Por eso resulta inevitable percibir cierta incongruencia cuando el lenguaje espiritual permanece intacto mientras partes sustanciales de la enseñanza moral bíblica comienzan a perder autoridad práctica. A veces pareciera que el único Espíritu aceptable para la modernidad es aquel que consuela, acompaña y valida, pero no aquel que confronta, santifica y llama al arrepentimiento.

Y quizás ahí se encuentra uno de los grandes conflictos del cristianismo occidental contemporáneo. Muchas iglesias desean conservar el lenguaje de Pentecostés sin conservar plenamente la autoridad de la Palabra inspirada por ese mismo Espíritu. Desean la experiencia espiritual, pero no necesariamente el sometimiento doctrinal. Quieren la belleza de la fe cristiana, pero no siempre sus exigencias morales.

Sin embargo, la Escritura jamás presenta al Espíritu Santo como una fuerza destinada a adaptar el Evangelio a cada época. Lo presenta como el Espíritu de verdad.

Y la verdad, por definición, no puede quedar subordinada a las preferencias del consumidor moderno.

Por supuesto, nada de esto significa que la Iglesia deba abordar estos temas con dureza, arrogancia o ausencia de compasión. El Evangelio exige una profunda sensibilidad pastoral hacia personas reales, con sus luchas y heridas. Pero precisamente porque la Iglesia está llamada a amar verdaderamente, no puede transformar el amor en silenciamiento doctrinal. La compasión cristiana no consiste en editar la voz de Dios para volverla más aceptable a la cultura.

Cristo nunca separó la gracia de la verdad. Nunca ofreció consuelo desligado del arrepentimiento. Nunca confirmó al ser humano en todos sus deseos simplemente porque esos deseos fueran intensamente sentidos.

La tragedia más profunda del cristianismo contemporáneo no es solamente que algunas enseñanzas bíblicas resulten incómodas para la cultura moderna. Eso siempre ocurrió. La tragedia más profunda es que muchos continúan utilizando el lenguaje de la fe, del Espíritu y de la Palabra mientras silenciosamente transfieren la autoridad final desde Dios hacia el yo moderno.

Y cuando eso ocurre, la Biblia deja de ser recibida como revelación divina para transformarse en material editable según las preferencias espirituales del momento.

En el supermercado, el consumidor tiene derecho a escoger las frutas que más le agradan. Pero el cristiano no se acerca a la Escritura como consumidor soberano, sino como discípulo.

Y el discípulo no edita la voz de su Señor.

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

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