Iglesia sin autoridad

Una crítica evangélica a Authority in the Anglican Communion (1987)

Las citas del libro son traducción propia. Entre paréntesis va la página de la edición impresa.

Leyendo sobre la identidad del anglicanismo encontré este libro, y quiero compartir con ustedes lo que descubrí. Lo que encontré en sus páginas es, al mismo tiempo, muy esclarecedor y muy inquietante. Esclarecedor, porque explica con las palabras de sus propios autores cómo llegamos a la situación que vive hoy la Comunión Anglicana. Inquietante, porque muestra que, hace ya cuarenta años, muchos de sus líderes se sentían cómodos con una Iglesia sin autoridad.

I. El libro

En 1987, el obispo inglés Stephen Sykes reunió a quince teólogos y obispos para responder, de cara a la Conferencia de Lambeth de 1988, una pregunta que el anglicanismo no podía seguir evitando: ¿quién decide en la Comunión Anglicana?

La respuesta que el libro da, casi por unanimidad, se apoya en un informe de Lambeth de 1948. Según ese informe, la autoridad anglicana es «moral y espiritual» y descansa en «una caridad paciente y dispuesta a ceder ante el criterio común». Por eso rechaza «un gobierno centralizado» y «una base legal para la unión» (p. 284). La autoridad está «dispersa» entre la Escritura, la Tradición, los Credos, el ministerio, los santos y el consenso de los fieles, y esos elementos «se controlan entre sí» (p. 285).

Los ensayos desarrollan esta idea en tres direcciones:

La autoridad se entiende como servicio y «nutrición», nunca como coerción (Skinner, p. 35; Scott, p. 67).

Ningún órgano común puede legislar: Lambeth, el Consejo Consultivo y los primados solo aconsejan (p. 146). Canterbury no tiene autoridad jurídica sobre nadie (p. 191).

Hacia el futuro, el libro mira al diálogo con Roma y a una autoridad que depende de la «recepción» de toda la Iglesia (p. 227).

II. Cómodos sin autoridad vinculante

Lo primero que llama la atención, cuarenta años después, es la comodidad. El libro no lamenta que la Comunión carezca de autoridad. La celebra. El informe de 1948 admite que esta forma de autoridad es «mucho más difícil de entender y obedecer» que una más imperiosa, y añade: «Es verdad, y nos gloriamos en la apelación que hace a la fe» (p. 285). Lo que debería verse como un problema se presenta como una virtud espiritual.

Los propios autores reconocen las consecuencias sin alarmarse:

Gavin White concluye que, de los órganos de la Comunión, «no puede decirse que ninguno tenga autoridad ni que sea probable que la tenga» (p. 213). Le parece suficiente la «solicitud por todas las iglesias» (p. 218).

McAdoo acepta que «ser libre» es «la prerrogativa legislativa de cada Sínodo General» (p. 75). Solo pide que se haga con «amor a los hermanos».

Sykes reconoce que la Comunión, o cualquiera de sus provincias, parece «una unidad demasiado pequeña» para decidir cuestiones controvertidas (p. 17).

Es decir, se describe una Iglesia que no puede decidir, que no quiere decidir y que no cree tener la capacidad de hacerlo. Y eso se presenta como lo distintivo del anglicanismo.

III. La salida romana, una puerta que nadie pensaba cruzar

Ante este vacío, el único horizonte que el libro se atreve a imaginar es Roma. J. Robert Wright sostiene que una primacía universal del obispo de Roma «debería ser aceptable para la mayoría de los anglicanos» (p. 245). Pero en las páginas siguientes desmonta todo lo que esa primacía podría significar en la práctica:

Los anglicanos no aceptarían que el Papa nombre a sus obispos (p. 249).

No aceptarían su jurisdicción universal mientras pueda dar órdenes «sin importar los sentimientos de la Iglesia» en una región (p. 252). El ejemplo que pone es la oposición del Papa a la ordenación de mujeres.

Si eso es el derecho divino papal, escribe, «debo responder que los anglicanos no pueden aceptarlo» (p. 247).

Tampoco aceptan que sus decisiones sean seguras antes de que los fieles las reciban (p. 256).

Lo que queda es una primacía que no obliga: un Papa al que se obedecería solo cuando dijera lo que ya se piensa. No es una solución al problema de la autoridad. Es el mismo problema trasladado a Roma. El anglicanismo de este libro rechaza la autoridad hacia dentro y también hacia fuera. Su única constante es que nadie pueda obligar a la conciencia de una provincia.

IV. Hablan del anglicanismo, pero lo vacían

El libro habla del anglicanismo en cada página, pero renuncia precisamente a lo que lo constituía. El anglicanismo histórico no nació sin autoridad. Nació con una muy clara:

La Escritura como regla suprema. Según el Artículo VI, lo que no puede probarse por ella no puede exigirse como artículo de fe. El propio Sykes lo recuerda (p. 15).

Una Iglesia sometida a la Palabra. El Artículo XX dice que la Iglesia no puede ordenar nada contrario a la Palabra escrita de Dios. Los Artículos XIX y XXI enseñan que las iglesias y los concilios pueden errar.

Unos formularios que expresaban esa fe: los Treinta y Nueve Artículos, el Libro de Oración Común y el Ordinal.

Eso era lo que unía a los anglicanos. No era el afecto, ni la sucesión, ni Canterbury, sino una confesión bíblica común.

El libro deja constancia de que todo eso ya se había abandonado. Los Artículos ocupaban un lugar «marginal» en las constituciones provinciales (Thomas, p. 133). El Libro de Oración había dejado de ser un patrón común (White, p. 218). La Escritura pasa a ser un elemento más de una lista de seis que «se controlan entre sí», y debe interpretarse «continuamente» según la vida de la Iglesia (p. 285). Cuando la Escritura puede ser corregida por la Tradición, el consenso o la «recepción», ya no gobierna: es gobernada.

El resultado lo describe Sykes con una franqueza notable. Para mantenerse unidos, los anglicanos se ven obligados a celebrar «el mero hecho de la sucesión ordenada, incluso en ausencia de una teoría única (o coherente) sobre el oficio apostólico» (p. 270). Queda la forma episcopal, vacía de contenido doctrinal común. Eso no es un modo de ser anglicano. Es lo que queda cuando el anglicanismo se ha disuelto.

Lo más significativo es la desconfianza hacia la firmeza doctrinal. Skinner, en el ensayo que abre la parte teológica, califica al «fundamentalismo rígido» de «postura ideológica del peor tipo posible» (p. 29). El libro está dispuesto a dialogar con todos, pero considera sospechoso a quien sostiene que la Biblia dice algo claro y obligatorio.

Paradójicamente, el libro sí contiene la respuesta correcta, aunque la deja al margen. Craston expone a P. T. Forsyth, un congregacionalista: «si el Evangelio de la gracia de Cristo es la única autoridad establecida entre los hombres, la sede de esa autoridad es la Biblia, y su testigo es la Iglesia fiel» (p. 59). Esa es la postura evangélica. En este libro es una voz más, no el fundamento.

V. Lo que sembró la década de 1980

Las consecuencias no tardaron en llegar:

Lambeth 1998 reafirmó la enseñanza bíblica sobre la sexualidad en la resolución I.10, pero no tenía cómo hacerla cumplir. Las provincias que no estaban de acuerdo simplemente la ignoraron.

En 2003, la Iglesia Episcopal de Estados Unidos consagró a Gene Robinson como obispo. Fue exactamente la «prerrogativa» de la libertad que el libro había aceptado.

En 2023, después de que la Iglesia de Inglaterra aprobara bendiciones para parejas del mismo sexo, las provincias del Sur Global dejaron de reconocer a Canterbury como «primero entre iguales».

En octubre de 2025, tras el nombramiento de Sarah Mullally como arzobispa de Canterbury, GAFCON declaró que reordenaría la Comunión con la Biblia como único fundamento.

En marzo de 2026, en Abuja (Nigeria), GAFCON pasó a llamarse Global Anglican Communion y llamó a una desvinculación de Canterbury y de Lambeth.

La autoridad «moral» de 1948 funcionó mientras hubo un consenso moral. Cuando el consenso desapareció, la caridad «dispuesta a ceder ante el criterio común» ya no tenía un criterio común ante el que ceder. Y quienes hoy intentan rehacer la Comunión lo hacen volviendo a lo que el libro relativizó: la Escritura y los Artículos, como establece la Declaración de Jerusalén de 2008.

VI. Conclusión

Authority in the Anglican Communion es valioso porque es honesto. Muestra, con sus propias palabras, a una generación de líderes cómodos con una Iglesia que no tenía que decidir nada. Esa generación hablaba de Roma sin intención de someterse y hablaba del anglicanismo mientras renunciaba a lo que lo hacía ser anglicano.

Rechazar la tiranía es bíblico, pero rechazar toda autoridad no lo es. La Iglesia de Cristo no se mantiene unida por el afecto, la diplomacia ni la sucesión vacía, sino por la Palabra de Dios, que juzga a obispos, sínodos y primados por igual.

Lo que este libro no supo nombrar es lo que el anglicanismo evangélico debe recuperar: no un centro de poder, sino una regla de fe. La Escritura, confesada en los Artículos, orada en el Libro de Oración Común y enseñada por un ministerio sujeto a ella. Sin eso no hay Comunión, solo una asociación de iglesias que comparten una historia y cada vez menos fe.

Referencia

Sykes, Stephen W., ed. Authority in the Anglican Communion: Essays Presented to Bishop John Howe. Toronto: Anglican Book Centre, 1987.

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

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