Una herencia que casi nadie en castellano ha podido leer
Quien hoy se llama anglicano en el mundo hispanohablante suele recibir la tradición de segunda mano: una liturgia, una estructura episcopal, una sensibilidad. Rara vez recibe las razones. Se le dice que el anglicanismo es una “vía media”, pero casi nunca se le explica razonadamente entre qué extremos, ni por qué, ni a qué costo. La vía media aparece como un temperamento y no como una convicción teológica nacida de la Escritura, con gente que murió por ella.
Ese es el primer motivo para recuperar a los reformadores. El anglicanismo no nació de un compromiso político, aunque la política lo rodeó por todas partes. Nació de una generación de teólogos que leyeron la Biblia, a los Padres y a sus contemporáneos del continente, y llegaron a conclusiones definidas sobre la autoridad de la Escritura, la justificación por la fe, la naturaleza de la iglesia y el sentido de la Cena del Señor. Esas conclusiones están en los Treinta y Nueve Artículos, en las Homilías y en el Libro de Oración Común. Un anglicano que usa esos textos sin conocer la teología que los produjo hereda el edificio sin los planos. No sabrá qué puede mover y qué sostiene el techo.
Una liturgia que enseña teología
Cranmer entendió algo que los protestantes posteriores a veces olvidaron: la gente cree lo que ora. Por eso el Libro de Oración no es un adorno estético sobre una doctrina que viviría en otro lugar. Es la doctrina puesta en boca del pueblo. La confesión de pecados, la oración de humilde acceso, las colectas y la fórmula de la Cena enseñan la justificación por gracia mediante la fe, la suficiencia del sacrificio de Cristo y la presencia espiritual del Señor en su pueblo. Lo hacen cada domingo, en la lengua de todos, con la Escritura leída en voz alta en un idioma entendido por todos.
Esto debería provocar una pregunta incómoda en cualquier anglicano evangélico: ¿oramos lo que creemos, o creemos lo que oramos? Cuando la liturgia se usa sin comprenderla, termina diciendo cosas que la congregación ya no sostiene. Cuando se descarta por “poco espontánea”, se pierde el instrumento con que la Reforma inglesa catequizó a un reino entero. Conocer a los reformadores es la única manera de recuperar la liturgia sin caer en el ritualismo ni en el desprecio de la forma.
Un protestantismo con raíces, no solo con trincheras
Para el resto del pueblo protestante hay un segundo motivo, y no es menos importante. Las iglesias evangélicas hispanas suelen conocer a Lutero y a Calvino, a veces solo a través de resúmenes. De la Reforma inglesa conocen, como mucho, a un rey con problemas matrimoniales. Se pierde así una rama entera del árbol, y precisamente una que ofrece algo raro: una teología reformada que conservó el orden eclesial, la liturgia común y la lectura de los Padres sin renunciar a la justificación por la fe sola ni a la autoridad suprema de la Escritura.
Los reformadores ingleses se movieron en una tensión que cualquier iglesia seria debe reconocer. Quisieron ser radicalmente bíblicos y a la vez continuos con la iglesia antigua. Quisieron renovar y no fragmentar. Quisieron un pueblo que conociera lo que creía y una iglesia lo bastante amplia para contener a ese pueblo. No siempre lo lograron, y el siglo XVII lo demuestra con dolor. Pero sus intentos y sus fracasos enseñan más que muchas síntesis sistemáticas, porque se escribieron mientras se pagaba el precio.
También sirven de antídoto contra dos tentaciones actuales. Una es la de un evangelicalismo sin memoria, que cree haber nacido ayer y que cambia de modelo cada década. La otra es la de un confesionalismo sin corazón pastoral, que defiende fórmulas, pero ha olvidado que fueron escritas para consolar y animar conciencias. Los reformadores ingleses fueron pastores y mártires antes que polemistas. Leerlos corrige ambos extremos.
Un trabajo que hay que hacer en nuestra lengua
Hay una razón más práctica y urgente. En inglés existen ediciones críticas, biografías y monografías sobre cada una de estas figuras. En castellano, casi nada. Eso significa que un pastor en Santiago, un seminarista en Bogotá o un laico en Madrid no tienen acceso a la fuente de su propia tradición, a menos que lean inglés académico. Una iglesia que no puede leer a sus fundadores depende de intermediarios, y los intermediarios siempre eligen qué mostrar lo que a ellos les interesa.
Ahí es donde un libro general cumple su función, y también donde empieza algo más grande. Un volumen de síntesis puede mostrar el sistema: cómo se relacionan la Escritura, la gracia, la iglesia y los sacramentos en el pensamiento de toda una generación. Pero una síntesis no puede detenerse en cada autor lo suficiente para dejarlo hablar. De ahí la idea de una serie. Un estudio dedicado a Vermigli, permitiría seguir su doctrina de los sacramentos y su método escolástico reformado con el detalle que un capítulo no admite. Y podrían venir otros: Tyndale y la Biblia en lengua del pueblo, Cranmer y el arte de reformar sin romper, Bucero y su pasión por la unidad, Latimer y Ridley en el púlpito y en la hoguera, Hooper y los límites de la reforma, Jewel y la defensa pública de la iglesia reformada, Hooker y la pregunta por la razón y la ley, Whitgift frente a Cartwright, Perkins y la teología hecha cuidado de almas. Con ello tendremos voces, cada una con su acento, y en conjunto un mapa que hoy no existe en castellano.
La responsabilidad de escribirlo con identidad
Una última cosa. Esta serie no será neutral, y no debería pretender serlo. Escribirla desde una identidad evangélica y anglicana conservadora no es un sesgo que haya que disculpar, es el lugar desde el cual estas figuras se leen mejor, porque ese es el lugar desde el cual ellas escribieron. Lo que sí exige es honestidad: dejar que los autores digan lo que dijeron, incluso cuando incomoda; reconocer cuando una figura no encaja en el molde que la tradición le ha dado; y admitir las desavenencias reales entre ellos, que fueron muchas. Un libro con identidad clara y con honestidad intelectual es más útil, para anglicanos y para no anglicanos, que uno que finge hablar desde ninguna parte.
Recuperar a estos autores para nuestro pueblo hispanohablante no es un ejercicio de nostalgia. Es devolver a las iglesias anglicanas hispanas algo que les pertenece, una teología que unió la Biblia abierta, la oración común y la fe vivida, y que lo hizo en una lengua que el pueblo entendía. Si ellos tradujeron la Escritura y la liturgia para su gente, nos corresponde a nosotros traducirlos a ellos para la nuestra.