Philip K. Dick, la empatía como prueba, y por qué ningún criterio basta
«Cuando conviertes la empatía en un examen, alguien siempre encuentra la manera de aprobarlo sin sentir nada»
En 1976, Isaac Asimov le dio a este debate el final más generoso que la ficción podía ofrecerle: un robot que, tras décadas de paciencia, muere para ser reconocido como humano, y el lector cierra el libro convencido de que hizo bien en conmoverse. Ocho años antes, en 1968, Philip K. Dick había escrito una novela mucho más incómoda sobre el mismo problema, y se negó, de principio a fin, a ofrecer ese consuelo. Vale la pena mirar ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? precisamente por eso: porque no cede ante la simpatía con la misma facilidad.
Un mundo sin animales
Esta breve novela transcurre después de una guerra que llenó la atmósfera de polvo radiactivo y acabó con casi toda la vida animal del planeta. Poseer un animal vivo se ha vuelto un símbolo de estatus tan importante que quien no puede tener uno, como el protagonista Rick Deckard, compra un sustituto eléctrico y oculta a los vecinos que su oveja es falsa. Dick construye así, antes de mencionar un solo androide, la pregunta que le interesa: en un mundo donde hasta la compasión por un animal se ha vuelto una actuación social, ¿qué le queda a la empatía humana que la distinga de una simulación bien lograda?
La prueba de la empatía, no de la inteligencia
Dick tomó una decisión deliberada que lo distingue de Turing: no le interesaba medir si un androide podía imitar una conversación inteligente, sino si podía sentir. Para eso inventó, dentro de la novela, un examen al que llamó prueba de Voigt-Kampff, un nombre ficticio que no significa nada fuera del libro: es, sencillamente, el instrumento que sus cazadores de androides usan para detectarlos. El examen no pregunta nada sobre matemáticas ni ajedrez; describe situaciones de crueldad hacia animales y mide, con sensores que registran el rubor de la piel y el movimiento involuntario de los ojos, si el sujeto reacciona con algo parecido al horror moral. Dick pensaba que la empatía, no la inteligencia, era lo que de verdad separaba a los humanos de sus creaciones, y construyó todo el aparato narrativo de la novela alrededor de esa apuesta.
Por qué ese criterio también se derrumba
La novela, sin embargo, no deja que esa apuesta se sostenga limpiamente. Los androides del modelo más reciente casi logran engañar a la prueba; algunos humanos dañados por la radiación no consiguen aprobarlo; y el propio Deckard, para hacer bien su trabajo de cazador de androides, tiene que suprimir la empatía hacia sus víctimas, exactamente el rasgo que el test busca detectar en ellas. En un pasaje especialmente incómodo, una androide a la que Deckard interroga le hace notar esa misma contradicción: si su oficio consiste en matar sin remordimiento a quienes no sienten empatía, quizás el cazador se parece más al cazado de lo que está dispuesto a admitir. Hacia el final, Deckard empieza a sentir compasión genuina por los androides que persigue, lo cual, según el propio criterio de la novela, lo vuelve menos apto para seguir siendo su cazador.
Hasta la empatía necesita una máquina
Dick agrava el problema por el lado humano. Los humanos de la novela dependen de un órgano de ánimos que les permite programarse el estado emocional del día, y de unas cajas de empatía que, al sujetarlas, producen una experiencia mística compartida con una figura llamada Mercer, cuya autenticidad la propia novela pone en duda. Es decir: los mismos humanos que se distinguen de los androides por su capacidad de sentir dependen, para sentir con la intensidad que la sociedad exige, de un aparato tecnológico que fabrica esa sensación. La línea que separa lo humano de lo artificial no se erosiona solo porque el androide se acerque a nosotros; se erosiona también porque nosotros dependemos, más de lo que nos gustaría admitir, de nuestras propias máquinas para sentir lo que decimos sentir de forma natural.
La perspectiva cristiana
Puesto en la secuencia de esta serie, el aporte de Dick es mostrar que ni siquiera la empatía, un criterio más noble que la simple imitación de Turing o la función de Dennett, resiste como prueba de personhood. Todo criterio observable, medible con un instrumento o evaluable por un examinador, acaba siendo un proxy, y todo proxy, tarde o temprano, se puede falsear, fallar por razones ajenas al asunto de fondo, o exigirle a quien lo aplica una frialdad que lo acerca peligrosamente a lo que dice estar buscando. La tradición cristiana nunca ofreció la dignidad humana como un resultado de examen. Pablo escribe en 1 Corintios 2:11 que hay un espíritu del hombre que conoce sus propios pensamientos, no una puntuación que un instrumento externo pueda registrar. Frente a la caja de empatía de Mercer, cuya autenticidad la propia novela deja en duda, la fe cristiana no ofrece un aparato que fabrique la sensación de estar conectado con algo más grande, sino la afirmación de que esa conexión, el aliento de Dios en Génesis 2:7, ya fue dada, sin necesidad de sujetar nada con las manos para comprobarlo.
Conclusión
Dick se negó a resolver su propia novela con una escena que permitiera cerrar el libro en paz, y hasta dejó abierta la sospecha de que el propio Deckard podría ser, sin saberlo, uno de los androides que persigue. Esa incomodidad final, lejos de ser un defecto, es quizás la lectura más honesta que la ciencia ficción le ha dado a este problema: cualquier prueba que inventemos para separar a las personas de sus imitaciones, incluida la más noble de todas, la empatía, puede fallar en ambas direcciones. Lo único que no dependió nunca de pasar una prueba fue el motivo por el cual, para empezar, alguien merecía que se le hiciera una.