Sustituir la pregunta

Alan Turing, la prueba de imitación y lo que se perdió en el cambio

«Cambiar la pregunta no es responderla, aunque a veces se le parezca mucho»

En octubre de 1950, la revista de filosofía Mind publicó un artículo de catorce páginas firmado por un matemático británico que había ayudado a descifrar los códigos alemanes durante la guerra y que había establecido, unos años antes, los fundamentos teóricos de la computación moderna. El artículo se titulaba Computing Machinery and Intelligence, y su primera frase proponía considerar la pregunta ¿pueden pensar las máquinas? Lo que Alan Turing hizo después, en las páginas siguientes, es menos conocido de lo que debería ser, y es exactamente lo que interesa examinar aquí: no respondió esa pregunta. La sustituyó por otra.

El juego de imitación, tal como Turing lo describió

Antes de hablar de máquinas, Turing describe un juego de salón: un hombre y una mujer entran cada uno a un cuarto distinto, y un interrogador, en un tercer cuarto, debe averiguar por medio de preguntas escritas cuál de los dos es la mujer. El hombre intenta confundir al interrogador; la mujer intenta ayudarlo a identificarla correctamente. Turing propone entonces una variación: ¿qué pasaría si, en lugar del hombre, jugara una máquina? Si el interrogador se equivoca con la máquina tan a menudo como se equivocaba con el hombre, dice Turing, entonces tiene sentido decir que la máquina juega bien el juego. Solo después de describir esto llega a la frase que marcaría el rumbo de la inteligencia artificial durante las décadas siguientes: que esta nueva pregunta, si una máquina puede jugar satisfactoriamente el juego de imitación, sustituye con ventaja a la pregunta original, demasiado imprecisa, según él mismo, para merecer discusión, sobre si las máquinas pueden pensar.

Una sustitución, no una respuesta

Conviene detenerse en ese movimiento, porque es exactamente el mismo que esta serie ha estado señalando desde la primera entrada. Turing no argumenta que el comportamiento indistinguible demuestre la presencia de pensamiento; argumenta que la pregunta por el pensamiento es tan confusa que conviene abandonarla y quedarse solo con el comportamiento, que sí se puede medir. Es una jugada honesta, y Turing lo reconoce sin rodeos: cambia de tema porque el tema original le parece irresoluble. El problema es que buena parte de la cultura que heredó su artículo no recordó esa honestidad. Se quedó con la sustitución, y trató el resultado del juego de imitación como si fuera, en efecto, una respuesta a la pregunta que Turing había decidido abandonar.

Las objeciones que el propio Turing ya había anticipado

Lo notable es que Turing mismo, en ese mismo artículo, se adelanta a varias objeciones, incluidas dos que le importan a esta serie. A la que llama argumento desde la conciencia, según el cual nadie puede saber que una máquina piensa a menos que sienta, como uno mismo, que está pensando. Responde que ese estándar, aplicado con consistencia, llevaría al solipsismo, la idea de que solo puedo estar seguro de que mi propia mente existe, porque tampoco podemos verificar la conciencia de otra persona, y sin embargo adoptamos, por convención práctica, la creencia de que los demás piensan. A la que llama objeción teológica, según la cual pensar es función del alma inmortal, y Dios solo le dio alma al hombre, no a los animales ni a las máquinas, responde que limitar así el poder de Dios sería, en sus palabras, una restricción impía: si Dios puede darle un alma a un elefante, en principio también podría dársela a una máquina, y nadie está en posición de decidir por él dónde se detiene esa posibilidad.

Por qué esa respuesta teológica no basta

Esta última objeción merece una respuesta mejor que un simple rechazo, porque Turing tiene razón en algo: nadie puede limitar de antemano lo que Dios sería capaz de hacer. Pero ese no es el punto que hace la tradición cristiana al hablar de la imagen de Dios, y confundirlo es el error de Turing en este punto. La pregunta no es qué podría hacer Dios en teoría, sino qué hizo, según lo que él mismo decidió revelar. Génesis 1:27 no describe una capacidad general y distribuible que Dios podría conceder a cualquier cosa suficientemente compleja, sino un acto particular, narrado, dirigido a una criatura específica en un momento específico de la historia. La doctrina de la imagen de Dios no depende de que sea metafísicamente imposible que Dios haga otra cosa con otra criatura; depende de lo que la Escritura afirma que efectivamente hizo. Turing responde a un argumento sobre los límites del poder divino, pero la objeción cristiana real no trata sobre poder, sino sobre revelación: no es que Dios no pueda, es que no tenemos ninguna indicación de que lo haya hecho con nada distinto del ser humano, y toda la evidencia bíblica apunta en la dirección contraria.

Conclusión

El error fundacional no fue que Turing propusiera el juego de imitación, que sigue siendo un ejercicio filosófico legítimo y valioso. El error fue que varias generaciones después de él trataron ese juego como si fuera equivalente a resolver la pregunta que Turing decidió, con toda honestidad, dejar de lado. Décadas años más tarde, seguimos preguntándonos si una conversación fluida basta para reconocer a alguien del otro lado, y seguimos, con demasiada frecuencia, cometiendo el mismo desliz: confundir haber cambiado la pregunta con haberla respondido.

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

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