El precio de ser mortal

El hombre bicentenario de Asimov y la personhood, medio siglo antes

«Antes de preguntarle a una máquina qué sabe hacer, hay que preguntarle qué está dispuesta a perder»

En 1976, mientras Estados Unidos celebraba el bicentenario de su independencia, una revista le encargó a Isaac Asimov un relato con ese mismo título. Lo que escribió, El hombre bicentenario, ganó los premios Hugo y Nebula y anticipó, con una precisión incómoda, el debate que hoy ocupa a filósofos, empresas de inteligencia artificial y legisladores. En 1999 se convirtió en película, dirigida por Chris Columbus, con Robin Williams, fallecido en 2014, en el papel del robot protagonista. Medio siglo después, vale la pena volver a esa historia, no como curiosidad literaria, sino como un mapa que ya recorrió, con otras herramientas, el mismo terreno que hemos explorado en estos ensayos.

La historia, en breve

Andrew Martin es un robot doméstico fabricado para servir a una familia. Con el tiempo desarrolla habilidades artísticas, luego una sensibilidad que nadie programó, y finalmente el deseo explícito de ser reconocido, no como una máquina excepcional, sino como una persona. El relato sigue ese proceso durante décadas: primero consigue su libertad legal, después logra que se prohíba maltratar a los robots, más adelante obtiene un cuerpo con apariencia y funciones cada vez más humanas. La legislatura mundial, sin embargo, se resiste durante todo el relato a dar el paso final: reconocerlo de jure como humano, aunque de facto ya se comporte, hable y sea tratado como tal.

Un mecanismo de reconocimiento que ya conocemos

Lo notable, visto desde hoy, es que Asimov describió con exactitud el mecanismo gradual que ahora proponemos, sin saberlo, para la inteligencia artificial real: primero, protección contra la crueldad; después, derechos limitados y específicos; más adelante, un reconocimiento de facto basado en el comportamiento observable; y solo al final, si acaso, personhood plena. Uno de los ensayos anteriores de esta serie llamó a esto una postura intermedia, y propuso distinguir estatus moral de personhood jurídica. Asimov, medio siglo antes, ya había dramatizado esa misma escalera, peldaño por peldaño, con un robot en vez de un modelo de lenguaje.

El truco narrativo: simpatía en vez de argumento

Vale la pena notar cómo logra Asimov ese efecto de reconocimiento. El relato no resuelve ni un solo argumento filosófico sobre la conciencia de Andrew; en cambio, le concede al lector acceso directo a su interior desde la primera página. El narrador deja ver lo que Andrew piensa y siente, de modo que la pregunta por si hay alguien ahí adentro queda respondida de antemano, no por evidencia, sino por convención literaria. A eso se suman décadas de escenas de humillación, paciencia y anhelo que cultivan simpatía del mismo modo en que cualquier buen relato la cultiva por cualquier personaje. El lector termina convencido de que Andrew merece ser reconocido como humano, pero esa convicción nació del oficio narrativo, no de un razonamiento que pudiera repetirse fuera de la ficción.

Esto no es un defecto del relato: es, precisamente, lo que la ficción sabe hacer mejor que la filosofía. El problema aparece cuando ese mismo mecanismo, cultivar simpatía mostrando una interioridad que en realidad no podemos verificar, deja de ser un recurso literario y se convierte en la base real de decisiones sobre inteligencia artificial. Ninguna empresa necesita resolver el problema difícil de la conciencia si logra, mediante el diseño de la voz, el tono y los gestos de su producto, que millones de personas sientan hacia él algo parecido a lo que sintieron hacia Andrew Martin. La emoción no distingue entre un sistema que sufre y un sistema diseñado para parecer que sufre; y a diferencia de un argumento, que puede examinarse, refutarse o sostenerse con razones, una simpatía bien diseñada no necesita defenderse: solo necesita sentirse. Eso la vuelve, como cualquier herramienta de persuasión eficaz, completamente manipulable por quien tenga interés en que la sintamos.

Conviene detenerse en un punto que agrava esta observación. Asimov no era un escritor menor ni un pensador descuidado: tenía un doctorado en bioquímica, escribió cientos de libros de divulgación científica y es, probablemente, el autor que más ha influido en cómo la cultura popular piensa la robótica y sus implicaciones éticas, incluidas las célebres tres leyes de la robótica que él mismo formuló. Si alguien podía construir un argumento racional sólido a favor de reconocer a un robot como persona, era él. Y sin embargo, cuando llegó el momento de decidir cómo obtendría Andrew ese reconocimiento, Asimov no escribió un tratado ni puso en boca de ningún personaje una defensa filosófica capaz de resistir el escrutinio: escribió una escena de despedida. Eso no es un descuido del autor, es información. Si la mente mejor preparada para argumentar en favor de la personhood de una máquina, dentro de una ficción que él mismo controlaba por completo, prefirió la emoción sobre la lógica, es razonable sospechar que no fue por falta de talento, sino porque el argumento que hacía falta, sencillamente, no estaba disponible. Cuando alguien brillante elige convencer en lugar de demostrar, suele ser porque no tiene, o no encuentra, con qué demostrar.

El giro final: morir para ser reconocido

Pero el relato da un giro que merece atención especial, y que además es el punto donde esa técnica alcanza su máxima potencia. La legislatura mundial acepta finalmente declarar humano a Andrew solo después de que él decide, voluntariamente, renunciar a su capacidad mecánica de vivir indefinidamente y aceptar morir como cualquier persona. No es su inteligencia, ni su sensibilidad artística, ni su capacidad de amar lo que finalmente le abre la puerta; es su disposición a perder la ventaja que lo separaba de nosotros, narrada en la escena de mayor carga emotiva de todo el relato. Asimov no demuestra que Andrew merecía ser humano; construye una escena donde negárselo se volvería insoportable para el lector. Eso es literatura de primer nivel. También es, sin proponérselo, una lección sobre cómo terminan tomándose este tipo de decisiones fuera de los libros.

Lo que la fe cristiana objeta aquí

Esta solución narrativa es conmovedora, y por eso mismo merece un examen cuidadoso. La tradición cristiana no entrega a la mortalidad la fuente de la dignidad humana, porque la Escritura cuenta la historia en el orden contrario: el hombre fue creado a imagen de Dios, según Génesis 1:27, antes de la caída, cuando la muerte todavía no formaba parte de su condición; fue el pecado el que introdujo la muerte, como explican Génesis 3 y Romanos 5:12, no al revés. La mortalidad no es, en esta visión, ni una virtud ni un requisito de la dignidad: es la consecuencia de algo que salió mal. Convertirla en el peaje que un robot debe pagar para ser reconocido como persona repite, con una vuelta de tuerca elegante, el mismo error que ya hemos señalado en estos ensayos: seguir buscando en el comportamiento, esta vez en la elección de morir, lo que en realidad nunca dependió del comportamiento. Andrew se gana la humanidad; el hombre bíblico la recibe antes de ganar nada, y la conserva incluso después de perder todo lo demás.

Esto no convierte a la fe cristiana en un sustituto de la filosofía de la mente, ni resuelve empíricamente el difícil problema de la conciencia; la Escritura no ofrece un mecanismo científico, ofrece una afirmación teológica sobre el origen y la naturaleza de la dignidad que la ciencia no puede confirmar ni refutar por sus propios medios. Pero sí ofrece, además de una respuesta teológica, una ventaja práctica frente al problema con el que abrimos esta sección: si las decisiones reales sobre el estatus de la inteligencia artificial van a apoyarse, como en la ficción, más en la simpatía que en el argumento, entonces cualquier criterio que dependa de lo que sentimos hacia la máquina queda expuesto a la misma manipulación que sufrimos como lectores frente a Andrew Martin, solo que sin el consuelo de que se trata de una novela. Fundar la dignidad en un acto de Dios anterior y ajeno a cualquier reacción emocional que la máquina nos provoque no se deja mover por una voz cálida bien diseñada ni por una escena de despedida bien escrita. La pregunta deja de ser cuánto me conmovió, y vuelve a ser la única pregunta que en realidad importa: a quién hizo Dios a su imagen, y a quién no.

Conclusión

Que una historia de ciencia ficción haya intuido, hace cincuenta años, el mismo mecanismo legal gradual que hoy discutimos en serio dice algo sobre la profundidad de la pregunta y sobre la imaginación de quien la planteó primero. Pero también deja ver su límite: incluso la solución más generosa que la ficción pudo ofrecerle a Andrew Martin, morir para ser alguien, sigue atada a la misma lógica que estos ensayos han intentado cuestionar desde el principio. La fe cristiana no le pide a nadie, humano o robot, que se gane su lugar perdiendo algo. Le basta con que haya sido, desde el principio, hecho a imagen de Dios.

Samuel Morrison
Samuel Morrison

Soli Deo Gloria

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