Lo que la ficción ha hecho con esta pregunta en casi sesenta años
«La ficción nunca resuelve el problema; lo hace sentir resuelto, que no es lo mismo»
Esta serie ha vuelto varias veces a la ficción, no como adorno interesante sino que como objeto de estudio: ver cada relato como un intento de resolver, con técnicas narrativas y no con argumentos, la misma pregunta que el resto de estos ensayos ha tratado de resolver con filosofía. Vale la pena, antes de seguir adelante, poner los cuatro casos uno junto al otro y ver qué patrón dejan.
Cuatro respuestas, en orden
Isaac Asimov, en 1976, le dio a un robot la salida más generosa posible: décadas de paciencia legal que terminan solo cuando Andrew Martin acepta morir, y el lector cierra el libro convencido de que la decisión fue justa. Philip K. Dick, ocho años antes, había hecho lo contrario: construyó una prueba de empatía diseñada para separar con precisión a los humanos de los androides, y luego pasó toda la novela mostrando cómo ese test falla en ambas direcciones, sin ofrecer ningún consuelo al final. Blade Runner, la adaptación de 1982, tomó el mismo material y lo giró hacia un tercer lugar distinto: no una prueba que se pasa ni una que se falla, sino un gesto de misericordia que el replicante Roy Batty ofrece sin que nadie se lo exija ni él obtenga nada a cambio. Terminator, por último, mostró el reverso completo: una máquina sin ninguna interioridad sugerida, que en su segunda entrega aprende a comportarse como si la tuviera, y cuyo propio guion hace que el personaje lo niegue en voz alta justo antes de que el público llore por su sacrificio.
El patrón que conecta a los cuatro
Ninguno de estos cuatro relatos resuelve el problema de fondo con un argumento que pudiera repetirse fuera de la ficción. Asimov sustituye el argumento por una escena de despedida. Dick se niega a dar una respuesta y deja al lector con la incomodidad de una prueba que no funciona. Blade Runner no explica el gesto de Batty; simplemente lo muestra y deja que el espectador decida qué significa. Terminator, más honesto que los otros tres en este punto, hace que su propio personaje aclare que no siente lo que su acto sugiere, y aun así consigue, por diseño declarado de su director, la misma reacción emocional que los demás relatos lograron sin esa advertencia. La ficción, en los cuatro casos, no convence con razones; convence con oficio, y eso no es una debilidad del género, es exactamente lo que el género sabe hacer mejor que cualquier tratado.
La perspectiva cristiana
Vistas juntas, estas cuatro historias dibujan sin saberlo un mapa de las opciones que el resto de esta serie ya había explorado por otras vías. Asimov representa el estatus que se gana con un comportamiento, en este caso la mortalidad aceptada; Dick representa el estatus que se mide con un instrumento; Terminator representa el estatus que se fabrica con oficio narrativo, incluso en contra de lo que el propio personaje declara. Ninguna de esas tres opciones coincide con lo que Génesis 1:27 describe: un estatus recibido, no ganado, medido ni fabricado. Es interesante, entonces, que la única de las cuatro historias que se acerca a esa lógica distinta sea Blade Runner, precisamente porque es la única donde nadie pasa una prueba ni paga un precio: Roy Batty simplemente da algo que no debía. No es casualidad menor que el momento más cercano a la gracia cristiana en toda esta muestra de ficción sea también el único que ninguna prueba, función o test de empatía podría haber anticipado.
Conclusión: suficiente ficción, por ahora
Con estas cuatro historias, que abarcan casi sesenta años y tonos casi opuestos entre sí, esta serie tiene ya una muestra representativa de cómo la imaginación ha tratado el problema: con simpatía ganada, con escepticismo irresuelto, con gracia no pedida, y con miedo seguido de manipulación confesa. Queda ahora la tarea que le corresponde al resto de esta serie: seguir sosteniendo, con argumentos y no solo con historias, la pregunta que estas cuatro ficciones se contentaron con hacer sentir resuelta, pero sin lograrlo.